PREMIO ONUBA 2009
Quiero iniciar esta noche literaria, generando, si fuera posible, una cierta inquietud en los presentes sobre la importancia del acto de escribir.
¿Por qué y para qué se escribe?
¿Qué sentido tiene que una persona, en un lugar, en un tiempo, incluso en todo el tiempo de que dispone en algunos casos, se incline sobre sí, meditabundo, afiebrado, transportado si se desea a otro lugar, apoyado en el flaco valuarte del entendimiento, y escriba?
Escriba sobre lo que fuere. Sobre lo que siente, lo que observa, lo que sueña, lo que padece o lo que imagina.
¿Qué prodigio es ese que hace renacer el mito de Ariadna buscando una conexión formal con otra desconocida persona, que será llamada lector, y, durante un espacio indeterminado de tiempo, breve o largo, único o recurrente –ése que sólo consiguen las grandes obras literarias-, haga nacer un puente entre ambos actores, el escritor y el lector, por donde caminarán letras, que formarán palabras, que concluirán en ideas y que inventarán historias, las más de las veces ficticias?
Es cierto que los animales necesitan comunicarse. Todos. Aunque sea solo por el mero hecho de aparearse, de asegurar la descendencia… ese algo que transportamos en la carga genética que nos conforma y que no es más que otro lenguaje que aún no hemos aprendido a descifrar.
Pero… ¿cuándo se dio el salto que hizo posible la comunicación más allá de esa causa efecto de la procreación? ¿Y por qué se hizo?
¿Cuándo nació el afecto, cuándo la nostalgia de la ausencia, cuándo la necesidad de gritar, de cantar, de amar y sentirse amado, reconocido…?
En qué momento la especie denominada ser humano, ese animal que terminó evolucionando más que otros –al menos de forma aparente- en esta materia, comprendió, que debía pintar cosas en paredes, en cuevas, para dejar constancia de lo que fue a las venideras generaciones, iniciando así lo que hoy se llama la Historia con mayúscula. ¿Cuándo?
¿En qué momento nació el lenguaje o las diferentes lenguas, como instrumentos imprescindibles para las tareas de control y organización de la sociedad, impulsoras como son, de que las ideas, esas abstracciones individuales o colectivas, quedaran fijadas en el imaginario conceptual de todos como símbolos inequívocos de la diferenciada idiosincrasia entre los pueblos?
Hay muchas especialidades del saber compilado dedicadas a esta materia y por tanto, no quiero detenerme un ápice en ellas. Rastrear el nacimiento de la escritura es fácil, sobre todo desde que se hizo necesaria para las transacciones mercantiles entre los pueblos. Tampoco hablaré de la diversidad de soportes utilizados para escribir hasta llegar a nuestra época, en donde, el libro, los periódicos, las revistas, el soporte papel en definitiva, parece, ahora más que nunca, amenazado por modernas tecnologías de todos conocidas.
Pero… ¿a partir de qué momento, lo escrito, es arte? ¿De qué depende tal proeza que todos persiguen y muy pocos, muy pocos, consiguen?
Esa es otra perspectiva más profunda aún si cabe que el mero hecho de escribir. Sin duda, adornado por el halo del misterio, de un enigma insondable si quieren, que va más allá del mero acto de rotular letras y apresar imágenes, de generar conflictos o de aderezar entuertos.
¿Qué le induce a una persona a tomar una decisión como la de escribir -aunque lo trascrito no guste a nadie-, sólo por el mero hecho de seguir los dictados de una efervescencia que bulle en su interior y le obliga… le tiraniza si así lo desean o quieren verlo?
¿Qué? ¿Qué cosa es esa?
Porque… escribir es como andar por un túnel oscuro y encontrar luces allí donde no hay más que tinieblas. Luces hechas de letras ensartadas, de collares de palabras que conforman ideas y convierten -por arte de la imaginación, de la perseverancia y el conocimiento- esos exiguos recursos en imágenes, en acciones, en espacios, en historias… en vida fuera de la vida en definitiva.
Uno debe preguntarse –y más en el foro en que estamos-, cuándo, algo que se escribe, es en sí literatura o no lo es, y si la literatura nace de la inspiración o de la dedicación, o lo que es lo mismo, de una emoción contenida y ahora expulsada, expelida, o de una metódica idea acunada en el ejercicio diario de escribir.
Está claro que el oficio, el oficio de escribir, como todos, requiere vocación y sacrificio. Hay que escribir de forma continua, de lo que sea; que la inspiración, como ya dijeron muchos, nos coja con los dedos en las teclas o la pluma en la mano. No hay otro camino.
Escribir nunca puede ser un mero trámite. Lo escrito ha de sustentarse además sobre otros aditivos que si bien son complementarios, resultan imprescindibles, a saber: el dolor, el gozo, la empatía, el desarraigo, la incesante búsqueda, la llegada, el amor, la muerte, los conflictos, el renovarse, el encontrarse, el reinventarse… en todos y cada uno de los elementos que conforman las encrucijadas que atraviesan los seres humanos en su viaje por la vida.
El nonagenario José Luis Sampedro dice que el escritor es “un albañil de sueños”, o sea, una persona que utiliza materiales propios o ajenos y construye con la argamasa de las palabras.
Pero… ¿qué lleva a un individuo a acercarse a esa orilla tenebrosa de un mar embravecido y esquivo como es la creación literaria?
Y cuando ha conocido, por seguir persistiendo en lo del oficio, que nunca podrá dominar a semejante dragón ¿por qué persevera? ¿Qué clase de adición es ésta que no está catalogada -por ser enfermedad del alma- para que sigan, sigamos, escribiendo?
Los gramáticos, dedicados en su quehacer a normalizar y reglar los elementos que componen a una lengua y las posibles combinaciones entre las palabras y las frases, dicen, que, para escribir, hay que hacerlo aunando cuatro elementos: Naturalidad, técnica, estilo y visión del mundo.
Pero quiénes en realidad, se acuerdan de semejantes consejos a la hora de escribir. Muy pocos, o ninguno. O quizá sólo los gramáticos, por no desdecirse a sí mismos.
Porque… podría ocurrir lo que dice Faulkner: “Nunca sé lo que pienso sobre algo, hasta que leo lo que he escrito al respecto.” Y la explicación de este singular aserto viene dada por el hecho, innegable, de que la obra transciende al escritor, va más allá de él y es independiente del creador.
¿Por qué si no, alguien que concibe, que idea, que encuentra una historia, se ve sumergido en la soledad de un oscuro pozo donde no existen más que el escritor y sus personajes, esos irreales entes que sin embargo, le arrastran, le acunan en un vórtice hecho de palabras y de imágenes y no puede encontrar el sosiego hasta que la historia se reseñe, hasta que quede escrita?
¿Cómo salvarse de las dudas que genera todo texto? Porque, claro, uno no escribe -o no debe escribir- con los sentimientos, uno ha de escribir con palabras y además, en una lengua y en un género determinado.
¿Cómo pagarle a Caronte, entonces, el óbolo que nos solicita para cruzar el Estigia y no quedarnos por cien años vagando en lo profundo del Hades sin que nadie, nadie más se acuerde de nosotros?
Porque, nosotros, a veces denominados pobres escritores por los detentadores del poder, vivimos en otro sitio que no es éste. Vivimos confundidos entre la realidad –si es que tal cosa existe- y los sueños. Y además, no queremos salir de ahí. Porque es entre esos dos elementos, la realidad y los sueños, por donde navegan los pensamientos le pese a quienes les pese. Porque escribir es rebasar los límites impuestos, es trascender las verdades nunca discutidas, es dudar de lo existente, de lo que se nos ofrece como verdadero, es salir de la rueda, romper la cadena del pensamiento uniformado, ponerle chinas, discutirlo, redescubrirlo mil veces, interpretarlo. Y eso, eso no le gusta a los que manejan los hilos del sistema sea cual fuere éste.
Para finalizar, quiero resaltar una frase del profesor y escritor boliviano exiliado en Suecia Víctor Montoya: “… la pasión de escribir es como estar endemoniado, una forma de levitar al borde del delirio, de hacer añicos la realidad y contar un cuento en el cual la mentira es tan cierta que nadie la pone en duda, aparte de que su vicio de escribir en soledad es una enfermedad endémica y sin remedio. Nadie lo puede librar de esa atadura voluntaria…”
Así que, ante lo visto, sigamos leyendo todo lo que caiga en nuestras manos, como abono fértil y necesario que ha de conformar nuestro imaginario, y luego, continuemos dibujando con palabras los olores, los sabores y el tacto de cuanto nos rodea o soñamos.
Y lo demás, valga el tópico en este caso, lo demás es cuento.
Paco Huelva
30 de Octubre de 2009







Del carajo, Paco, este post te ha salido del carajo, yo creo que sirve hasta para inspirarse.
“El poema o cualquier otra forma literaria es una PERSONA, un hombre o una mujer de cristal revelados para siempre” Walter Pater
Te felicito por el texto y por el premio y subscribo tus palabras.
No queremos salir de ahí. No.
Abrazos