¿CONSULTAR A UN SEXÓLOGO? ¡QUITA, QUITA!

Si en las bibliotecas públicas encontraréis toda clase de soluciones a los problemas que se os puedan presentar a vosotros o a las gentes de vuestros círculos, familiar o de amistad, con lo que ahorraréis una pasta, gansa o italiana, da igual.

Y digo en las bibliotecas y no en las librerías, porque lo que mi turboturbante cotillonaútico ha escudriñado ya tiene unas décadas. Os pondré unos ejemplos, unas citas, para que os hagáis una idea cabal:

Si eres una mujer y tienes problemas en tu relación sentimental, toma nota:

La mujer en pantalones es una mujer vestida de hombre, que adopta las formas de convivencia contrarias a su sexo y esto no es una acción baladí. Esa conducta incluye una especie de aberración del sexo que suscita fácilmente ideas de perversión y llamadas al pecado. Es la razón porque el hombre sano mira a la mujer en pantalones con desprecio, en tanto que el vicioso la acecha con avidez.
Sariegos, Quintín de (capuchino): “Luz en el camino, ideario para las jóvenes de hoy”, Ediciones Paulinas, Bilbao, 1960  (agotado).

Al leer esto recordé algo ocurrido en Garnatha a mediados del siglo pasado, concretamente en la calle San Juan de Dios (el engañao, que diría un tal Martín Recuerda). La calle estaba en obras y había adoquines sueltos por allí (en Ghelbah había uno muy importante en el palacio arzobispal, cerca del túmulo en que descansé 800 años, como sabéis). Eran los primeros años del turismo porque fue en 1953 cuando Franco se entregó a Eisenhower; venían muchos franceses y ocurrió que paseaba por allí una francesa con pantalones cortos, de modo que un español “sano” que la vio no se conformó con despreciarla, sino que la odió y, cogiendo un adoquín del suelo, se lo estrelló en la cabeza. Estuvo varios meses hospitalizada.

Pero sigamos con la sesión de sexología:

No sea la esposa fría ni indiferente en el cumplimiento de sus deberes conyugales. Puede helar a su marido. Por poco que esto se repita, éste va a buscar en brazos de una amante el deseo amoroso. Y surgirán los reproches, las escenas violentas, el alejamiento, el olvido y el abandono.
Camacho, Ramiro (presbítero): “Moral íntima de los cónyuges”, Ediciones Studium, Madrid, 1951 (última edic. de 1966, agotada).

La esposa no tiene derecho alguno sobre su cuerpo; al casarse, entregó ese derecho a su marido y éste es el único que puede hacer uso de ese derecho, en orden a la función reproductora; toda violación de ese derecho cosntituye verdadero adulterio.
Navarro, Santiago (padre claretiano): “Problemas médico-morales”, editorial Coculsa, Madrid, 1963 (última edic. 1964, agotada).

Es un imperdonable error la negación al esposo del “débito conyugal”. La mujer no debe, bajo ningún pretexto, negar a su marido lo que le pertenece. No tiene derecho a hacerlo, sino en el caso excepcional de que abrigue la certidumbre que del contacto conyugal pueda derivarse el contagio de una enfermedad. Pero, aun en este caso, hay que razonar la negativa, condicionando la entrega -sin reproches que a nada conducen- a la desaparición del peligro. Muchas mujeres que se lamentan de las infidelidades de sus esposos, no quieren darse cuenta de que fueron ellas las culpables de la traición, por no haber conocido a tiempo la enorme trascendencia del consejo que antecede.
Dr. Clavero Núñez, A. (maternólogo, académico C. de la real Academia de Medicina de Valencia: “Antes de que te cases”, Valencia, 1946  (última edic. 1968, Edit. Científico-Médica, agotada).

Pero, ¿cómo has de conducirte, si eres hombre, para no tener problemas sexuales? Pues mira:

De los veinte a los treinta años el casado puede ejercer sus derechos dos o cuatro veces por semana, dejando un día de intervalo entre cada vez. El entregarse a los deleites del coito con abuso repercute de un modo perjudicial en la parte psicológica y física y en la futura prole. De los treinta a los cuarenta años se permite dos veces por semana. De los cuarenta a los cincuenta, una vez. De los cincuenta a los sesenta, una vez cada quince días y aún menos si no se experimenta aliciente. El sexagenario debe ofrendar en el ara del amor muy rara vez. La continencia se impone. En esta época de la vida el licor seminal se produce muy lentamente. El septuagenario debería abstenerse por completo del coito. El desgaste de energía que de ello resulta le acarrea un grave agotamiento. Por cada eyaculación mísera que tiene más de dolor que de placer, compromete su salud y acorta su vida. Los casos de viejos que sucumben durante o después de la cópula no son excepcionales.
Camacho, Ramiro (presbítero): “Moral íntima de los cónyuges”, Ediciones Studium, Madrid, 1951 (última edic. de 1966, agotada).

Bueno, hay cosas que se van comprendiendo cuando se leen estos manuales, por ejemplo, que el semen es un licor y esa será la explicación de que haya gente que se lo beba con fruición. Lo que no especifica el sabio presbítero es cuántos grados tiene y si hay peligro de que al hacer una prueba de alcoholemia dé muy positivo, de manera que conviene estudiar el asunto antes de conducir tras “ejercer los derechos” sexuales.

Pero no quedaría completa la exposición si no tomásemos nota de la conducta a seguir por la pareja al unísono. Veamos el modus operandi:

Tanto el varón como la mujer, para que la procreación se realice en las debidas condiciones y con garantía de éxito, deberán prepararse para la cópula con ocho días de anticipación. Es el tiempo indispensable para que el licor prolífico haya adquirido su más alto grado de elaboración y concentración biológica, y en la mujer, para que tenga su sistema genital perfectamente dispuesto a recibirlo y a retenerlo. Durante estos ocho días procuren ser sobrios. Eviten las emociones violentas que alteran el sistema nervioso y producen desorden en las funciones vitales. Hagan uso de alimentos ricos en sustancias nutritivas, fijando la cantidad según las fuerzas digestivas de su estómago. Los excesos en la  bebida y en la comida repercuten en el organismo entero. A ser posible, en dicho lapso de tiempo, absténganse de todo trabajo del alma y del cuerpo que ocasione fatiga. Los paseos matinales, al despuntar del día; la permanencia en el campo, que ofrece aire puro a los pulmones, vivifican la sangre y la disponen para una buena procreación.

Una vez que han transcurrido los ocho días, se manifestarán mutuamente si están en buenas condiciones de salud, libres de toda preocupación y malestar. Con uno solo de los cónyuges que se halle indispuesto, se rompe el equilibrio y se malogra el doble fin primario del matrimonio, que es la prole sana y robusta. Y el momento del día más propicio para intimar es la madrugada o en las primeras horas de la mañana, cuando todo el organismo ha recobrado su energía por un sueño reparador.
Dr. Iglesias, M. (publicista y sociólogo): “Problemas conyugales”, Ediciones y Publicaciones, Barecelona, 1954.

Bien: ahora se comprende eso que tantas veces hemos oído o leído sobre que no hay que tener prisa y que la mujer necesita más tiempo para que sus genitales estén preparados para el coito; como vemos, son necesarios ocho días de preparación. Pero el publicista y sociólogo contradice al presbítero anterior que dejaba un día de descanso entre coito y coito a los más jóvenes y un poquillo más conforme iban creciendo.

Y se confirma que el semen es un licor, por lo que, para evitar la adicción, durante esos ocho días hay que ser sobrios.

Lo que no sé es si, con las medidas de la Sra. Báñez y sus cómplices en cuanto a machaque de los derechos laborales, se podrían conseguir convenios colectivos en los que se contemplen lapsos vacacionales que eviten el trabajo que cause fatiga.

Me llama la atención que casi todos estos sexólogos sean capuchinos, claretianos, presbíteros, jesuítas, dominicos y demás presuntos célibes, como podréis comprobar si os arrimáis al libro que cito abajo.

Yo he cumplido con mi deber cívico de ahorraros dinero en tiempos de crisis, evitando tontas consultas a sexólogos. Podéis profundizar y leer mucho más en el libro “Mi mamá me mima”, de Luis Otero, Ed. Plaza&Janés, que es un buen complemento de “La morena de la copla”, de Andrés Sopeña (autor también de “El florido pensil”), Ed. Crítica.



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