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CARÁCTER LAICO DE LA SOCIEDAD

Es preciso insistir sobre un último hecho que no ha merecido gran atención hasta ahora y que, sin embargo, remata la demostración de que la sociedad continúa siendo exactamente igual a la de antes de las invasiones: es su carácter laico. Por grande que sea el respeto que se profesa a la Iglesia, por grande que sea su influencia, la Iglesia no se integra en el Estado. El poder político de los reyes, como el de los emperadores, es puramente secular. Cuando los reyes suben al trono, no se celebra ninguna ceremonia religiosa, salvo entre los visigodos a partir de finales del siglo VII. Ninguna fórmula de transmisión Gratia Dei en sus diplomas. Ningún eclesiástico está encargado de funciones en su corte. Sus ministros y funcionarios son seglares. Los reyes son jefes de la Iglesia, nombran a los obispos, convocan los concilios, a veces incluso participan en ellos (….). Aunque dejan a la Iglesia encargarse voluntariamente de muchos servicios públicos, no delegan ninguno en ella. No le reconocen mas jurisdicción que la disciplinaria. La someten al impuesto. La protegen, pero no se subordinan al ella. Y es preciso observar que la Iglesia, a cambio de su protección, le es particularmente fiel. Incluso bajo los reyes arrianos, no se ve que se haya rebelado contra ellos.

Bien: cualquiera que me conozca sabe que yo vine al mundo a finales del siglo XII, es decir, más de cinco siglos después de lo que transcribo arriba; porque esos renglones no son míos, sino de HENRI PIRENNE y pertenecen a su obra MAHOMA Y CARLOMAGNO (última edición española en Alianza Edit., 2010) y esas líneas son el comienzo de la pág. 116. La magia de mi quánticonanotecnológico turboturbante me permite leer casi todo desde casi cualquier lugar en que me encuentre.

Leyéndolas, y viendo la España de hoy, de estos días pasados, a uno le dan ganas de viajar en el tiempo y ser ciudadano romano occidental u oriental, suevo, vándalo, alano, burgundio o cualquier otro pueblo germánico de los que se ubicaron en la Europa occidental del imperio. Cualquier cosa, menos visigodo, que hay que ver la que liaron en la península ibérica, con sus efectos aún vigentes cuando politicastros de todos los niveles, pero de tres al cuarto, siguen hablando de “la raza española” y sangrientas chorradas similares, inclinándose ante papas, pagándoles sus viajes -gorrones que son- y permitiendo que se inmiscuyan en las políticas estatales de todos los niveles.

Llamo la atención, también, sobre el hecho de que la situación que nos describe Pirenne es posterior al concilio de Nicea, en el que Constantino y Osio impusieron el credo, con el trinitarismo, de los católicos actuales, lo que no deja de tener su morbo: el llamado catolicismo actual, religión del imperio, la sociedad europea permaneciendo laica, mientras que ese mismo catolicismo, por narices, quiere imponernos a los europeos, en siglo XXI, su dominio, con la anuencia, la complicidad y el baboseo de las corruptísimas clases políticas de las pseudodemocracias del continente (aunque no de todas, admitamos, claro, pero sí -y mucho- la española). Y más morbo aún si consideramos que “el propio Osio, azote de herejes, abjuró al final de su vida y reconoció la adecuación de las tesis arrianas” (Gzlz. Ferrín, E. Historia General de Al-Ándalus, Córdoba, Almuzara, 2006, pág. 127; las negritas son mías) y que el emperador Constantino, según muchos autores, basados en escritos de Agustín de Hipona y otros, sólo fue bautizado al final final de su vida por el obispo arriano Eusebio.

Todo es relativo, Ratzinger, todo es relativo por mucho que te empeñes en inculcar el paso de la oca.


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