UN TAL ROUCO HA DICHO …

que: “el origen y el fundamento de la soberanía popular reside en Dios” y se ha quedado en éxtasis, supongo, ante semejante hallazgo. Como yo con la boca abierta, tanto que, al desencajárseme las mandíbulas, el turboturbante mío ha saltado como un híbrido de rana y puma. Mi primera reacción al leerlo fue exclamar: ¡pero, bueno ¿este tío es tonto o qué?!, mas dada mi alta alcurnia no doy salida a tan espontánea reacción y prefiero razonar. Veamos:

en primer lugar, el mozo no dice qué dios y, habida cuenta que existen casi tantos dioses como creyentes hay en el planeta, sería tarea imposible definir el concepto de soberanía popular a que se refiere.

Resulta, además, que la historia le deja por embustero abramos el libro por donde lo abramos, ya que, por ejemplo, y sín ánimo de exhaustividad, que se dice:

los faraones, ejemplos vivos de soberanía popular, se convertían en dioses al morir;

los emperadores persas, tiranos déspotas, fueron también teocráticos;

varios emperadores romanos recibieron culto divino en vida y otros tras su muerte, y, naturalmente, todos ellos representaban a la plebe y no a los patricios, como es de sobra sabido;

etc…

Mas como el locuaz al que me refiero hoy pertenece a una de las muchas variedades de superstición cristiana existentes, me tomo la libertad de suponer que se refiere al dios que dichas sectas adoran, cada una a su modo, claro, y ello nos llevaría a escudriñar en su antiguo testamento -¿porqué será que casi cuanto se refiere a esta ideología irracional recuerda a la muerte?- en donde se refieren cantidad de disparates, mortandades, plagas y demás bendiciones sobre el pueblo para demostrar a la humanidad cuán soberana es.

No conviene olvidar tampoco que el famoso pacto entre Yahvé y el pueblo judío, Moisés y sus tablas, es una alianza basada en el temor.

Y ya en el nuevo de sus testamentos nos encontramos con una de las bases del concepto de “soberanía popular” que nos propone el orador: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad si no de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos” (Romanos, 13, 1-2). ¿Así entiende el dicharachero gallego el concepto de soberanía popular?.

A partir de ahí, Constantino y papas estimulan la soberanía popular a todo tren, no hay duda. Y a cuchillo, claro, como Carlomagno -y en toda la edad Media, dado que el saber quedó en los claustros y las gentes eran ignorantes-, los españoles en Indias, etc… Y los súbditos no pintaban nada, hasta el punto de que Tomás de Aquino llegaba a justificar la deposición de los reyes por el Papa e incluso el tiranicidio si era un usurpador, pero no que el pueblo los apease del trono por dictar malas leyes.

Tiene que llegar el Renacimiento -no olvidar, basado en la cultura clásica griega sobre todo-, para que en lo cultural se inicie un proceso de secularización y en lo político la afirmación de un humanismo basado en la filosofía natural y no en la teología, con el derrumbamiento del sacro imperio y el nacimiento de las monarquías nacionales (ello no significa aún que el pueblo sea soberano, quede claro, que el proceso ha sido lento, pues todavía hubo pensadores que seguían manteniendo lo del poder divino, como el Rouco ése ahora).

Y con la Reforma ya se reconoce la opción religiosa personal, lo que permitió que se fueran reconociendo otros derechos basados en las libertades ideológicas o religiosas.

Por ir resumiendo: hasta la Revolución Francesa, históricamente, la primera forma de legitimación del poder se basaba en la divinidad, en la religión. Los que mandaban decían tener vínculos con los dioses y sólo respondían ante ellos. Se decía de los reyes que lo eran “por la gracia de Dios”, bueno, y de Franco, que los más ancianos hemos visto eso hasta en las pesetas.

Y a partir de la mencionada revolución ya se niega el origen divino del poder, y se considera que nace del pueblo, que lo delega en quien mejor le parece. Se imponen el concepto de división de poderes, las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, así como la de que el pueblo es el soberano. También se impone la idea de que el derecho natural nace de la razón de modo que, aunque históricamente la religión y el derecho han ido unidas, hoy se considera, salvo por espíritus medievales como los cardenalicios, que los elementos espirituales no deben contaminar al derecho.

Ello no quiere decir que todo sea perfecto, que va, pero es el camino que se viene andando con sus zigzagueos y regresiones, sustitución de dioses y religiones por ideologías totalitarias, etc…, por lo que es imprescindible ser conscientes y oponerse rotundamente a todo lo que cercene los derechos del pueblo, es decir, los derechos humanos y desenmascarar a quienes, de un modo u otro, atenten contra ellos, por ejemplo, la iglesia católica, que no ha reconocido la Declaración Universal formulada por la ONU en 1948.

No, el tío que dijo esa majadería no es tonto, sino demasiado listo. Lo que él querría sería el poder, como lo tuvieron sus congéneres de siglos atrás. ¿Hasta cuándo el estado español va a ir claudicando, por miedo de los gobernantes, ante la multinacional de lo retrógado?

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Aquí dejo a un tipo divino impulsando, muy discreta y humildemente, la soberanía popular, para que nos sirva de ejemplo a los demócratas.



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1 comentario en UN TAL ROUCO HA DICHO …

  • No vea pisha, hay que ver las “gracias” que tiene dios, en el fondo yo sé que er nota es un cachondo. De momento yo me quedo con una frase preciosa que he oido en una canción de mi admirado canta autor Carlos Chauen, dice “asin”:
    “En cada piel hay un Paraiso
    y un Dios dentro de cada hombre…”
    O sea,que todo lo demás, incluidas las perlas del doble de Paco Clavel, alias Roco, me resbalan tela marinera.
    Nabrazo

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