
Nuestra memoria, el archivo íntimo de cada ser humano se sustenta con símbolos, en el plano individual una imagen, una melodía, un olor, tienen la capacidad de retrotraernos al primer beso adolescente o al regazo materno de la infancia. Es la materia prima de nuestra biografía, de nuestra historia personal. La otra, la que construimos con la voluntad comun, la que constituye nuestra epopeya como colectivo humano, tan compleja y diversa, parece querer empeñarse en hacer de los símbolos un bastión para la hipocresía del hombre. A nadie ha pasado desapercibida la reciente efemérides de la caída del muro de Berlín, del derrumbe de ese símbolo de la irracionalidad humana, los fastos, las proclamas, los recuerdos, los manifiestos y las intenciones consensuadas de no repetir los errores que provocan la división de los pueblos. Entretanto los mismos que venden el humo de las buenas intenciones mantienen los cepos dispuestos en todas y cada una de las fronteras que la humanidad ha troquelado en los mapas, los muros erguidos, los centinelas armados y las alambradas amenazantes y afiladas. Ceuta, Melilla, México, Palestina… Barreas necesarias, dirán, como dijeron entonces quienes levantaron el muro en Alemania o acerrojaron una verja en Gibraltar, conscientes de que siempre puede haber una razón de peso que justifique ante los paisanos la urgencia de poner obstáculos al tránsito del hombre y conscientes, tal vez, de que el paso de los años y las generaciones acabarán convirtiendo en simples símbolos con sentencia firme de derrumbe y homenaje postrero. Definitivamente no aprendemos, seguimos dándole vueltas a la historia como asnos cegados persiguiendo una zanahoria ilusoria y empeñados en convertir en escribanos de nuestra memoria a los fantasmas de las Torres Gemelas, los muros o las estatuas mohosas de los dictadores derrotados. Pero de nada sirven los restos del derribo si sobre ellos no se enmiendan los errores, los fracasos o las miserias.






Hace años que agote las descalificaciones a nuestra especie. La inteligencia nunca debió evolucionar en seres tan egoistas, avariciosos y como bien dices, hipócritas como nosotros.
El que olvida el sentido real de un símbolo, se olvida así mismo y siempre cometerá los mismos errores, y por desgracia hay algunos que prostituyen su memoria que da gusto. Un biko grande siempre Manuel.
Gracias Manuel por escribirnos la realidad.
Un fuerte abrazo.
Olvidar lo que somos y de donde vinimos lo hacen mucho con afan de lucro, la memoría el mejor tesoro para no volver a cometer errores.
Besitos Manuel.
de nada sirven los restos del derribo si sobre ellos no se enmiendan los errores, los fracasos o las miserias.
… si no se aprende de los errores ¿qué otra cualidad positiva pueden vérseles? ello nos abocaría…. nos aboca, al suicidio como especie.
Besos y buena noche. PAQUITA