Busco al hombre que
Habita bajo mi carne,
El que pudo ser lumbre,
Alambique, primavera
Y sangre.
Busco al Dios que olvidó
Un mundo incompleto
Bajo mis costillas,
Al fraude, a la carta marcada, al surco
Que parte en dos los puentes entre
El perdón y la ira.
Busco al cura que bendijo mi nombre,
Este nombre sin causa con el que firmo
Sentencias de vida.
Busco al tiempo homicida
Que me atropelló aquel año en el
Que todo fue marzo y se hicieron
De piedra las golondrinas.
Busco al ser
Que sucumbe cada noche soñando
Pasados de saldo y el verbo
Amable que ha muerto cosido
Al frío de la espalda.

Cuando el bombero Oscar Vega pronunciaba estas palabras al otro lado de su voz un niño le extendía, aturdido, sus brazos. Le acababa de salvar la vida con la misma discreción con la que se colocó el mono y el casco y se puso manos a la obra en el lugar donde más falta hacía, sin plegarias ni arengas, sin poses, sin esperar a cambio más que la satisfacción de sentirse util. Oscar Vega es un héroe, un héroe silencioso y eficaz que le ha puesto rostro a todas esas personas que saben bajar a los infiernos en mangas de camisa y sacarle los colores al mismísimo Dios cuando, ebrio de grandeza, se acuesta a dormir la siesta mientras la tierra tiembla bajo los pies de los miserables.
Sin embargo, y a pesar de los hechos, esta sociedad olvida facilmente las heroicidades, tal vez porque tras ellas quedan las crónicas de las desgracias y la memoria es selectiva, o quizás porque la muchedumbre acaba poniendo en los altares a quienes marcan goles millonarios o sablean toros en las plazas sin que ello deba redundar en la conciencia ni crearnos atisbos fugaces de conmiseración frente a los telediarios o los titulares de prensa con olor a muerte. Así es la vida, un teatro involuntario en el que sólo se reconocen los valores verdaderos de un modo pasajero y frente al espejo del infortunio pero, al menos, hoy sabemos que los angeles son de carne y hueso.

Esta mañana tan larga, este minuto
tan denso,
este sol de miel que se deshace
bajo mi lengua garganta adentro,
esta luz moribunda y aterrada
parpadeando en mi desierto.
Este reloj, maldito y embustero,
desterrado en la media noche sin sueño,
este frío de algodón y cianuro
que se arrastra como un perro sin piernas
y me asesina paciente,
lento y seguro.
Este barco de papel mojado,
este sexo atravesado,
este beso inutil y oxidado,
esta alpargata sin suela, este puñal
que decapita flores
y este olor a escombros de orfanato
en el eco del armario.
Este insomnio de fantasmas,
este botín de insectos con hambruna,
esta sombra sin piel ni alma
buscando una soga en las alturas… Esta lluvia;
esta lluvia que me aplasta,
esta lluvia que limpia, cruel,
las vidrieras del olvido,
esta lluvia que expía pecados, que desafía
invicta
a las murallas de mis miedos, esta lluvia
que, al fin, me orada
como mil buriles de acero.
Video recomendado: TRIANA.-\”Tu frialdad\”

Somos tan cruelmente civilizados
que nos estamos abandonando
sobre un reguero de sonrisas y besos.
Somos tan prudentes, tan considerados,
que no levantamos la voz,
ni rompemos los cristales,
ni corremos las cortinas.
Tú te miras por dentro,
yo grito en verso y, sospecho,
que una arriada de lágrimas va
descendiendo hacia el estómago dejándonos
el frío en los huesos.
Ahora caminamos descalzos,
casi ingrávidos, procurando no pisar
nuestros cadáveres, abrazados
y desnudos
sobre la paz del suelo.
Ha sido un homicidio límpio,
límpio y lento,
lento y respetuoso,
ceremonial,
sin sangre ni veneno.
-”Buenas noches, mi amor…”
-”Buenas noches, cariño…”
Cada uno en su esquina del Universo
y en medio un páramo
de sábanas, perfectamente arrugadas,
amortajando proyectos.
(No sé, puede que mañana grite o
me parta la cabeza contra el espejo)
Ahora que las mañanas
Se inician sobre las aristas
De un lecho de carbón.
Ahora que me condenas al celibato,
Al deseo bulímico que me deja
Asqueado, insatisfecho y hambriento,
Estás
Y no estás presente,
Alimentando por momentos
A los sueños anémicos que se van
Desvaneciendo..
Busco, y no hallo, la fórmula del conjuro
Mientras sostengo el temor de estar
Sólo recibiendo el goteo de tu amor narcotizado.
De nuestro hogar de arcilla y alambres
Hemos hecho la cripta donde yacemos
Amortajados con saliva y semen y
Esperando el descenso
Precipitado del cielo.
Tu belleza postrada duele
Como un crujido de bisagras
En el silencio de mis costillas.
¿Dónde estás,
dónde habitas…?
Sólo tengo tu ser presente
Y en paradero desconocido.
No sé cómo demonios describir esta sensación,
Cómo ponerle palabras
A la orfandad de un papel en blanco y sin pronósticos
De curación a corto plazo.
Tanta levedad me hiere,
Tanta rabia disfrazada de inútil raciocinio
Está haciendo sangrar mis ideas,
Está asesinando la voluntad de
No salir volando a través de los remedios
Placebos del sueño.
Siento un millón de puños en el estómago
Apuntando a las paredes del verbo
Infecto de blasfemias,
Siento un ejército de gusanos
Devorándome los huesos.
Me como las uñas, le recito
Letanías a las moscas que invaden sin licencia
Mi hemorragia de fracasos,
Agito sin compasión la memoria
Del linaje de mis orgasmos,
Proyecto episodios improbables
De una vida pendiente de respuestas…
Y al fin me rindo,
Al fin sucumbo en un nicho
Arropado con sábanas de ausencia.

Rodó la bolita bombo abajo y le sonrió la suerte por Navidad. Trescientos mil eurazos… Contaba la joven al afanado reportero que llevaba diez meses desempleada, que hacía varios que no podía pagar la hipoteca, ni las tarjetas de crédito, (esas feroces fulanas de plástico que nos han acabado exprimiendo las vísceras), contaba que había noches que cenaba leche con galletas y que el decorado del salón de su casa eran columnas de cartas con membrete de bufetes de abogados, o cualquier otra suerte de rapaces, que intentaban sacar de donde no hay, plazos cumplidos, avisos de embargo, amenazas constantes de acabar engrosando las listas de morosos y las estadísticas más oscuras del gobierno… Pero esa mañana, con su décimo luminoso entre los dedos, empezaba a coleccionar trescientas mil razones para pensar que también hay vida más allá de la misericordia. Tan sólo hacía una semana que había entrado y salido cabizbaja de otra sucursal bancaria, donde había vuelto a rogar cuatro cochinas “perras” para acabar el mes, un aplazamiento piadoso de algún recibo o la mínima dosis de conmiseración que tanto niega ahora la banca a la que hemos puesto, durante años, dorados laureles sobre la testa.
Esa mañana, narraba la joven, como cínicas hienas oportunistas, los mismos empleados trajeados que antes sólo tenían negativas tras las encasilladas sonrisas de diablo, ahora no dejaban de regalarle paraguas publicitarios, cafeteras de diseño para caprichosos aburridos, albornoces de infalible rizo, relojes, bolígrafos, bombones y tarjetas de visita con rebordes dorados… “ ahora sí nos podemos fiar de usted, señorita, porque ya es millonaria, ya es una de las nuestras…”. Como si ella no fuera la misma persona que seguía recibiendo misivas inquietantes de letrados mercenarios con acuse de recibo y anuncio de ruina. Así es la vida y así es la banca, todo lo demás, convengamos, sólo es falacia y propaganda.
IMAGEN: “La mano del apocalipsis” (Mª. Cecilia Rodríguez)
Al final del silencio
Cada palabra ha sido fulminante.
- Huelo a tabaco húmedo,
a estómago vacío,
a pasillo sin luces,
a insomnio, a equipaje perdido,
a piel de perro sin sombra,
a polvo de beso extinguido
en la puerta de los labios –
Se aproxima el Apocalipsis, (creo), y viene
Dándome un abrazo de soga.
Tal vez aquella mirada perdida
No era más que la pose del vigía,
Absorto, paralizado, contemplando
Como se nos viene el cielo encima,
Como, al fin, dejamos de confundir
Los pronósticos con los remedios,
La felicidad con la ignorancia
Y el amor con el miedo.
Hoy deben ser
Las vísperas del invierno
Y tengo tanto
Tanto frío que creo
Haberme helado por dentro.

Entre tu presencia y la nada
Sólo vacío. No hablas, no finges
Ni siquiera un ademán de indiferencia.
Eres una fotografía sobre una piedra
En la frontera de un armisticio, inerte
Y bella. Más inerte y más bella
Que nunca.
No es necesario este dolor. Podríamos evitar
El homicidio lento de nuestra carne
Desapareciendo como dos reos indultados.
Podríamos renegar de esta suerte fulana
Que nos puso frente a frente,
A tí con el alma blindada y a mí
Con el celo encerrado en los puños,
Esperando a poder dormir
La frágil siesta de los débiles
Donde intuyo y no veo
Que vas y vienes a capricho.
Video especialmente recomendado, \”Agualuna\”, Javier Ruibal







