Pues sí… había un tumulto de olores, una aglomeración de fotografías,
y al fondo, simplemente una avenida oceánica sembrada de miradas luciérnagas,
millones de ojos fijados en un norte con límite de asfalto.
Abajo unos músicos ambulantes planeaban el asalto de una esquina
con aroma a panadería.
Yo fumaba en la terraza mirando el mapa del tesoro
que habitaba tras mis ojos,
tantas horas pensando para concluir que mis fronteras no son de esta esfera celeste y limitada.
Soy, al fin y al cabo, mucho más que la ceniza de aquel cigarro
que transportaba mis células muertas en mitad del aire viciado de ciudad
y decadencia.
Tanto bullicio, tanto alboroto, tanta ida y venida de luces pasajeras,
tanto transeunte anónimo al que no volveré a ver jamás en mi vida,
esta inmensa sensación de ser siempre el viajante sin pasporte
abandonado en la sala de espera de un aeropuerto
para concluir que soy el único objeto y sujeto
de este espectáculo para insomnes
todo el mundo a mis pies… y mis pies descalzos
siguen caminando por la piel desnuda de la memoria de las horas pasadas.
Vida, vida, vida… la vida me muerde en la carne blanda y rendida.