Romeo en el internado

Amaba su inocencia, su cálido contacto
casual durante el juego,
la sonrisa radiante que también cautivara
desde el primer momento al Superior.
Los muchachos más brutos le regalaban dulces
y todos le escogí­amos para formar equipos.

Yo amaba como un loco su pereza en las tardes
de calor cuando, medio adormilado,
la postura indolente, parecí­a perderse
en el huerto, muy lejos, tras el gran ventanal,
y el profesor de Ciencias era un adorno inútil.
Le amaba si el jersey se le caí­a
de la cintura hasta casi el tobillo,
o al declarar muy serio su aversión por la sopa,
o no entendiendo un chiste de los verdes.

Amaba sobre todo su indefensión, las lágrimas
que tanto embellecieron sus ojos cierta vez
al herirse la pierna en el patio, y llevarle
apoyado en mi hombro a buscar una venda.

Y el momento glorioso en que le dieron
-por su cara bonita- el papel de Julieta
y pude al fin decirle que le amaba, le amaba,
en voz alta, mirándole a los ojos,
ante todo el colegio, ante mis padres.

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