Deidades marismeñas

Los acólitos acudían desde lugares remotos, con espíritu sacrificial y en respuesta a voces ancestrales. Las altas construcciones de piedra contribuían a crear un sentimiento de sacralidad abrumadora. Una vez en el enclave, y alentados por los sumos sacerdotes, la mayoría se entregaban al goce carnal y a la embriaguez sin tasa. Se entonaban mantras repetitivos que dejaban la mente en blanco y todos bailaban en un frenesí dionisíaco. Finalmente se presentaba el ídolo de madera, ante el cual se producían inenarrables paroxismos, llantos y sacrificios de niños, que eran arrojados contra el ídolo.
¿Stonehenge, Roma, Micenas? No: el Rocío, la fiesta pagana por excelencia.

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