contratación de publicidad on line

Dos textos sobre “Singularidades”, de Vicente Luis Mora

Hace algunos años escribí un par de textos sobre “Singularidades”, el ensayo en el que Vicente Luis Mora pretende convertirse en el gran crítico de la poesía española, con poca fortuna. Hace poco hablé con el autor y me acusó de querer vengarme de algunos comentarios negativos que había hecho sobre mi poesía. Lo cierto es que no puedo vengarme de algo que no recuerdo, y en todo caso, siempre en mi vida he admitido cualquier crítica, con una excepción que no es él. Aquí están los textos en los que analizo, de manera informal (los escribí improvisadamente para colgar en su propio blog) esa biblia de nuestra crítica, “Singularidades”. (El propio Mora me ha animado a recuperarlos, para “celebrar” los diez años de la aparición del libro. Hay que ser imprudente…).

PRIMER TEXTO

Hace poco recibí en mi correo un libro, amablemente enviado por su autor tras solicitárselo yo como favor e intercambio por otro. Diversos asuntos y algún viaje me impidieron en su momento dedicarle atención. Estos días lo he estado leyendo y quiero comunicar mis impresiones en este foro (empezando de momento sólo por el prólogo de la obra), ya que el libro en cuestión es Singularidades, de Vicente Luis Mora. Incurriré quizá en alguna ironía, que es un arma y una deferencia del diálogo y el intercambio de ideas, como bien sabrá el propio VLM.

Para quienes no sepan de qué va, ahí va un resumen a vuela pluma: en Singularidades se intenta probar que existe en la poesía española una poética de la “normalidad” caracterizada por la renuncia a la indagación crítica del mundo, el lenguaje, etc. (labor inexcusable del poeta). Esta supuesta poética (luego repasaremos sus características) surge por la necesidad de algunos jóvenes autores de lograr el reconocimiento y aquiescencia de un no menos supuesto poder literario encargado de canonizar y repartir prebendas. Otras partes del libro divagan acerca del compromiso ético de la poesía, el sujetivismo o la existencia o no de una “poesía metafísica”, además de examinar ciertos aspectos de las obras de algunos autores individuales, como Pablo García Casado o Caballero Bonald.

Singularidades tiene su origen, parece ser, en una caída del caballo de VLM, que, en plan San Pablo, nos cuenta cómo un terrible sábado por la noche “perdió definitivamente la fe en la literatura española”. Resulta que estaba viendo un reportaje de Informe Semanal sobre el celebérrimo plagio de Ana Rosa Quintana cuando… Pero mejor démosle a él la palabra (va una cita literal):

“Fue allí. Allí fue. Pude ver y oir, sin que mis oídos y ojos dieran crédito a lo contemplado, a Maruja Torres diciendo que lo de la Quintana era un escándalo y que menos mal que aún quedaba gente ‘que nos tomamos esto de la literatura en serio’, o algo así. No pude dormir en toda la noche…”. Etc.

No se froten las manos los lectores. No todo el libro es así, aunque no faltan perlas similares. El tono general es más “de ensayo” y no faltan las citas, a diez o doce por página.

Pero en fin. La consecuencia fue que VLM quedó seriamente tocado por la experiencia y decidió investigar un poco más el tingladillo imperante en “esto de la literatura”, obteniendo resultados aterradores:

“En este país se sigue escribiendo sin haber ni siquiera notado –por no haber conocido- las rupturas irreversibles que han producido autores como Musil, Beckett o el propio Joyce, por poner algunos ejemplos dramáticos”.

Pues sí: resulta dramático. Y más aún ese general “se sigue escribiendo” (tan obstinado y hasta contumaz) que viene a excluir siquiera la posibilidad de que haya algún avisado que sí notara esas “rupturas irreversibles”. Nada de eso:

“Los novelistas y poetas (sobre todo jóvenes) españoles tienen una ignorancia enciclopédica de las cuestiones básicas que requiere lo que se llama una formación cultural completa –con excepciones, of course-. Fuera de los contenidos de su única carrera universitaria, y de lecturas superficiales sobre sus compañeros de profesión (con aguda ausencia de conocimiento incluso de los clásicos precedentes), se han despreocupado alegremente de conocer los avances en las materias más eficaces para la adquisición de un mínimo rigor intelectual”.

¿Quiénes serán esos novelistas y poetas españoles tan alegremente inconscientes y anti-Larousse? No se nos dice pero yo calculo que andará por el 99 por ciento del total, a la vista de que sólo hay unas pocas “excepciones of course” que imagino son las que confirman la regla. Y eso de tener una sola carrera universitaria… No quiero ni pensar en los que no tienen ni siquiera una.

Más adelante se nombran algunos autores concretos que sufren ese desconocimiento abrumador por parte de nuestros literatos (Wittgenstein, Chomsky, Kant, Hegel, etc.) y se añade:

“Incluso un repaso de sus lecturas literarias conduciría al pavor más absoluto; habría que oírles hablar de El Quijote, En busca del tiempo perdido o La montaña mágica…”

Habría que oírles, sí. Yo ya estoy dominado por el más absoluto pavor. Pero la cosa es aún más dantesca:

“Sus opiniones sobre globalización, multiculturalismo, nuevas tecnologías, genoma o medio ambiente, que son preocupaciones esenciales de nuestro tiempo, mueven al pasmo”.

Y la guinda del pastel, el súmmum de la indigencia, lo que de verdad mueve al pasmo hasta al más impasible:

“Basta considerar el lugar exótico que para muchos poetas jóvenes tiene la obra de Jorge Riechmann”.

¡Horreur! ¡Riechmann exótico cual hawaiana! Definitivamente este mundo literario nuestro está perdido. Aquí tuve que hacer una pausa en la lectura para respirar y recuperarme.

Acáso algún malintencionado quiera ver en las taxativas afirmaciones anteriores de VLM una generalización abusiva sin el menor rigor ni explicación acerca de cómo se ha llegado a ellas. Hará mal. Es un argumento conveniente para lo que se dirá después y eso debería bastar. No seamos tiquis-miquis.

Porque más tarde se insiste:

“Hay desconocimiento de la técnica, de la cultura, de las ciencias, de la filosofía, de lo que pasa en la calle, de los avances científicos, de los antiguos hallazgos científicos, del lenguaje, del idioma hablado, de sinónimos, de vocabulario, de formas expresivas diversas, de mínimas normas estructurales, de crítica literaria, de urbanidad, de decencia, de imparcialidad de análisis, de sosiego, de eficacia, de interés por el entorno cultural”.

Lo “hay”, eso es lo peor de todo. No es que este o aquel desconozcan tal o cual cosa. “Hay” ese desconocimiento. Vamos, que es como un virus que flota en el ambiente, una especie de gripe aviar, tanto más espantosa cuando lo que se desconoce son cosas tan básicas como la decencia, la urbanidad, el sosiego y los sinónimos. Y pretenden escribir. Habrá picardía…

¿Y a quién debemos pedir cuentas, quién es el culpable de tanto despropósito y tanto baldío? ¿El presidente del gobierno? ¿George Bush? ¿Los guionistas de “Aquí hay tomate”? Peor: ¡el tidente pérfido! Oigamos de nuevo la voz de VLM:

“La historiografía crítica universitaria española está contaminada por un modo de entender lo literario que, ‘inventado’ por el tridente pérfido (Dámaso Alonso / Jorge Guillén / Carlos Bousoño), ha mantenido un interesado y único canon de ‘lo registrable poéticamente’”.

¡Acabáramos! Ya puedo yo dormir tranquilo. Las cosas no están bien, evidentemente. “Hay” mucho desconocimiento, Jorge Riechmann es considerado exótico y da pavura escuchar a los escritores hablar de El Quijote. Pero al menos tenemos a alguien a quien acusar, conocemos la raiz de nuestros males.

No obstante, ojo avizor, porque no son los únicos. En próximas entregas, si esta comunicación se publica, sabremos más. No me digan que el prólogo no tiene miga y no promete sustancia… Creo yo que están puestas las bases para, con rigor y argumentos incontestables, quitar la careta a esos poetas de la “normalidad” que se venden por un “quítame allá esa antología”.


SEGUNDO TEXTO

Sigo, pero ahora habrá que ponerse un poco serios.

En mi comentario del prólogo me dejé en el tintero, por no extenderme, unas cuantas cosas más que también merecerían su comentario. Desde las alusiones a los “galopines efébicos que escalan en alcobas” (mira que dedicarse a escalar -las paredes supongo- pudiendo hacer cosas más divertidas en una alcoba) hasta los lamentos por la existencia de una literatura de consumo (la cual demostraría el horrible estado de nuestras letras. De acuerdo. Igual de horrible que en el Siglo de Oro, cuando la gente no sabía leer y se pirraba por los romances de crímenes recitados por un ciego ambulante o como hace siglo o siglo y medio, cuando el pueblo consumía vorazmente culebrones de Pérez y Pérez y otros. Claro que lamentarse de la actual situación, como si hubiera habido una edad edénica en la que todo era puro y maravilloso, siempre da como mucha altura moral, ¿no?). Dejémoslo.

El caso es que se mete uno a fondo en Singularidades y vuelve a encontrarse taza y media de lo mismo, empezando por la alusión, en el primer párrafo del primer capítulo, a un supuesto “poeta español medio”, como quien hablara del consumidor prototipo o algo así. El tal “poeta español medio” es “un enano”. ¿A quién se refiere? No lo dice. ¿A su amigo García Casado? ¿A Gamoneda? Podría ser. El “poeta español medio” es cualquiera: usted, yo, uno que pasaba por ahí… A VLM le encanta tirar piedras y esconder la mano, generalizar abusivamente y hablar al sabor de la boca. Siempre habrá quien le de la razón.

Porque hora es ya de decir que el “tono de ensayo” al que me refería en mi anterior comentario es sólo una pátina. Mucha cita de este y aquel (el que no tiene ideas acude a las ideas de otros), mucho imitar el tono del libro de pensamiento al uso, pero el rigor brilla por su ausencia. VLM es de los que demuestra una tesis diciendo por ejemplo: “Una vez me ocurrió que un amigo me dijo tal y tal cosa”. Y con eso tiene toda una teoría elaborada. (Ver el ejemplo de la página 167. Por lo visto, VLM tiene un amigo medio vanidosillo e inseguro, que estaba angustiado porque Villena no le había metido en una antología. De sus lamentos, deduce VLM nada menos que una “impronta de ansiedad” entre los poetas jóvenes españoles por salir en las antologías. Toma ejemplo de rigor, de claridad de análisis, de objetividad… Por cierto, que el tal amigo no es una poeta “de la normalidad”, según VLM, sino uno de los “auténticos” y bla bla bla. ¿No quedamos en que los que estábamos locos por las prebendas y el reconocimiento éramos los otros, los malonos?. En fin…).

VLM se quejaba de que el reseñista de El País, en un repaso de escaparate, le había pasado por alto con el calificativo de “prescriptivo”. Pero es que es la pura verdad. El libro de nuestro buen Vicente Luis abunda en expresiones como “no reconocer esto es insultar la inteligencia”. No es que demuestre una cosa claramente, con argumentos y datos. Él con decir que “esto es así porque lo contrario insulta al sentido común” ya lo da todo por bueno. Dicho Blas, punto redondo. Esto llega a extremos hilarantes cuando dice con la mayor seriedad: “Creo que es interesante leer los ensayos de Jenaro Talens, no porque tenga razón –discrepo muchísimo con él-…”. Yo discrepo con Fulanito, luego no tiene razón. ¡Cómo le traiciona el subconsciente a VLM cuando redacta trabajosamente sus frases!

Y esto no lo digo por nada. Se empeña el buen hombre en hacer metáforas que ayuden al paciente lector a entender lo que dice, como Jesús con las parábolas. Claro que el sentido común brilla por su ausencia. Atención a esta perla impagable en la que Vicente compara a los poetas disidentes que no se venden y son puros e íntegros con ciertos futbolistas (va cita literal):

“Como en el fútbol, aquellos que no supieron o pudieron o quisieron identificarse nítidamente con un equipo aparecen desplazados, desleídos, al margen de la consideración y el conocimiento general, y dependen sólo de un documentalista que se fije en su figura y decida rescatarlos de la niebla. Como decía Alejandro Rossi, `la singularidad total asusta y aísla”.

¡Toma! ¿A ver quién son esos futbolistas que no pudieron o no quisieron jugar en la selección o fichar por el Barça? ¿Individualistas singulares? ¿Gente que no se vendía? ¿Influiría algo la calidad de su juego? ¿Y quién es ese documentalista que los rescata en un reportaje del NODO? Me troncho. Muy buena la metáfora, Vicente, ahora ya lo he entendido.

Más adelante, insiste:

“Ni que decir tiene que para quienes juegan a pelo, sin camiseta, las dificultades son máximas. Parecen ser jugadores de trato insoportable que no encajan en ninguna selección, ni son reconocibles a esquemas de juego colectivo”.

¿Que juegan sin camiseta? Pobrecitos. Serán cuatro amigos que echaron un partido a la hora de la siesta después de una comilona en el campo, porque yo no he visto jamás, ni siquiera en equipos de tercera, a nadie jugar sin camiseta, y menos que eso supusiera ser excluído de la selección. Claro que si se empeñan en salir al campo en pelota es muy posible que hasta los detenga la policía. De verdad, no me digáis que una forma tan zurda de razonar no es para mearse. Leedlo con atención y sin olvidar que quiere hacer una analogía con la literatura. Tiemblo.

Pero entremos en materia. En las páginas 48 y sucesivas, VLM se dedica a dar una definición tan exacta de lo que es poesía de la “normalidad” que no se olvida de un sólo detalle: por ejemplo, el poema “de la normalidad” tiene que tener una extensión entre setenta y doce versos. Conque, ¿si yo escribo un poema de once versos o de cien ya me he librado de ser un “poeta de la normalidad”? También se debe “rechazar el poema en prosa”. Qué bien, una vez escribí uno, ya estoy absuelto. ¿Y qué tal lo de “prohibidas las imágenes visionarias o muy atadas”? Yo también hice alguna vez una imagen que a mí me parece que iba atada y hasta atadísima y que, con algo de manga ancha, tenía su aquel visionario. Sigue el tío: “Se prohíben los saltos sincopados, los encabalgamientos no justificados, los espacios en blanco…”. ¡Los espacios en blanco! Hace falta maldad para poner un espacio en blanco…

En fin, para qué ensañarse. Todo el párrafo abunda en tonterías de ese calibre en las que supuestamente se intenta definir un tipo de escritura considerada adecuada a lo que el mercado exige del poeta (¿el mercado? ¿exigir? ¿?). Lo cierto es que el 99 por ciento de la poesía universal de todos los tiempos es susceptible de ser “poesía de la normalidad”, según la tipología fraguada por VLM, ya que, igual que existe una idea convencional de lo que es una novela o un ensayo, existe una idea convencional de lo que es un poema (por ejemplo, que los renglones no llegan al final de la página, como cosa habitual) y el 99 por ciento de la poesía de cualquier tiempo se acoge a tales convenciones, sin que supongan una renuncia a la exploración crítica del mundo, incluyendo aquí a los poetas favoritos de VLM.

Supongo que si uno no ha tenido éxito o alimenta algún tipo de frustración o no le han sacado en la antología de turno (como al amigo de VLM, ese que se quejaba de no estar en la de Villena) resulta consolador y salvífico creer en este tipo de teorías, según las cuales quien sí ha tenido éxito o sale en la antología de Villena es porque ha vendido su escritura y la ha adaptado a esas normas de entre doce y setenta versos y nada de poemas en prosa, que es lo que quiere el mercado. Los verdaderos poetas, los vanguardista y arriesgados y tal, no se venden, no son de esos que se “engloban dentro de las instituciones” (página 93). Por cierto, el libro de Vicente se edita con una ayuda del Ayuntamiento de Córdoba a través de su Oficina para la Capitalidad Cultural Europea. ¿Te englobas dentro de las instituciones, amigo Vicente Luis, o eso lo dejas para los poetas vendidos al sistema? Hay un nombre para describir esto.

Y ahora me disculpo por dejarlo pero tengo cosas que hacer (el equipaje, entre ellas). Seguiré, aunque sea en ruta, porque aún queda muchísimo por decir. Las imposturas (supuestamente) intelectuales son mi pasión.

Saludos.

Bookmark and Share


contratación de publicidad on line

Deja una respuesta

 

 

 

Puedes usar estas etiquetas HTML

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong> <span class=""> <p> <br>