The Barbarians, again

Acostumbrado a la soledad, después de bañarme en la piscina no me puse nada. Y la cara de la vecina que pasó mientras estaba en la terraza fue un poema. Y no por mis méritos.

Por la tarde pude comprobar que la invasión ya había empezado, cuando cometimos el error de ir al Mercadona a última hora. Era como un gran atasco veraniego de carritos, pareos y chanclas. Los sevillanos se aprovisionaban como si fueran a resistir un asedio. ¿Se comerán todo eso en cinco días?

Traduzco a Aldous Huxley (y a Albert Camus) y leo una novela de Rafael Reig. Estamos la vida y yo, ahora mismo, en buenas relaciones.

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