Trascendente sencillez

Oh, mundo

Jaime García-Máiquez

Númenor. 78 páginas.

José Luis Piquero

La nota introductoria de Oh, mundo, último poemario de Jaime García-Máiquez (Murcia, 1973), contiene una transparente poética, una declaración de principios y un autorretrato. En cuanto a la poética, Máiquez reivindica para su poesía la claridad, la ausencia de toda afectación, la preferencia por los temas cotidianos y el acatamiento de la tradición. Por lo demás, se declara “un maldito, pero de verdad”, a partir de los siguientes puntos: “Contar los versos con los dedos, escribir sonetos, creer en la rima y en León Bloy, descreer de esa dictadura basada en la publicidad: la democracia, no hacer feos a la belleza, ir a misa y rezar el santo rosario”. Añadamos que el libro contiene el Nihil obstat del correspondiente censor eclesiástico (autorización expresamente solicitada por el autor) y ya tenemos, efectivamente, un cabal retrato literario, político y moral de nuestro hombre, a quien hay que situar en una cierta corriente de la poesía española que aúna figurativismo, autobiografía, humor, cotidianidad, tono meditativo y un mayor o menor sesgo religioso, y en la que también cabe emplazar a su hermano Enrique, a Jesús Beades, a José Mateos, a Abel Feu…, con el magisterio principal (pero no único, naturalmente) de Miguel d’Ors. Una suerte de nueva poesía “arraigada”, cuya voluntad de expresa sencillez no excluye el apetito de lo trascendental.

Cualquiera de los poemas de Oh, mundo podría ejemplificar esa poética. “Sucede”, por ejemplo, que comienza de un modo absolutamente directo y prosaico (“Día duro de trabajo. Vuelvo a casa / por fin. Es ya de noche…”) para relatar una especie de epifanía que hermana espiritualmente al protagonista con todos los hombres y que tiene un sentido nítidamente religioso: “La mirada de Dios está en mis ojos”. O “Ropa tendida”, donde a partir de un suceso banal, casi chusco (la contemplación de la colada de los vecinos), se alcanza un conmovedor tono hímnico y celebratorio.

Estos poemas hablan de la vida ordinaria, sin heroísmos, la que llenan los horarios laborales, los recibos de la luz y la tranquila convivencia conyugal: un texto examina airosamente el tópico de la imposibilidad de vivir de la poesía, en otro lamenta el autor no tener opiniones propias, en un tercero se recrea en el calor del hogar mientras afuera llueve, más allá celebra el humilde gesto de un monje que enciende un cirio en la capilla… Pero esta ausencia de pretensiones, esta orgullosa reivindicación de lo corriente (“Soy un verso, quizá, blanco y tranquilo / que se ahorra la vida de bohemia”), no excluye el ansia de emoción y hechizo, como se dice en “Magia”, y la constatación de que en todo hay un pequeño o gran milagro.

Contiene Oh, mundo poemas de pasmosa perfección, como “Las playas de Madrid” o “El espía”, y Máiquez tiene el talento de hacer del ingenio (que en otros poetas es mero adorno) un aliado fiable. A veces el tono se eleva en busca de verdades trascendentes (“Fragmento de un evangelio apócrifo”); otras nos cautiva con la deliciosa sencillez, casi pueril, de unos pocos versos rimados (“Canción de las lluvias”). Musical y diáfana, esta voz no defrauda casi nunca.

Se lamenta Jaime García-Máiquez en su prólogo (más con autoironía que con verdadero pesar) de no tener audiencia. Lástima grande, si es así, porque hay en Oh, mundo, además de un puñado de excelentes poemas, una autenticidad y una honradez literarias tanto más apreciables por escasas. Y una paradójica y valiente heterodoxia que desmiente la voluntaria grisura y la humildad de sus planteamientos.

(Reseña publicada en el nº 103 de la revista Clarín).

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