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Cuando Lish inventó a Carver

Principiantes, Raymond Carver (Anagrama, 2010). Traducción de Jesús Zulaika.

Ha tardado unos cuantos años en llegar a los lectores españoles la versión original, Principiantes, de los relatos de Raymond Carver publicados en nuestro idioma en 1987 bajo el título de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Sin embargo, la polémica que ha rodeado a este libro en Estados Unidos y otros países ya había llegado a nosotros hace tiempo. Principiantes es, pues, una buena ocasión para que todos leamos, releamos y juzguemos por nosotros mismos.
 Resumamos la cuestión. Carver publicó ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? en 1981 pero el manuscrito pasó antes por las manos de su editor, Gordon Lish, que sometió los diecisiete relatos a una drástica poda, reescribiendo párrafos enteros y cambiando casi todos los finales, además de los títulos. Si el consejo que recibiera Carver de su mentor John Gardner fue que no dijera en 25 palabras lo que podía decir con 15, el criterio de Lish fue que no hay que usar 15 pudiendo usar sólo 5. En consecuencia, Lish suprimió aproximadamente el 50 por ciento del texto (en algún relato, hasta el 78 por ciento) y aplicó la lima al material restante. El resultado: ese estilo tan característico de la obra de Carver, cortante, frío, seco, minimalista, en el que nada parece faltar ni sobrar.
 Principiantes recoge los mismos cuentos pero tal como Carver los había escrito antes de que Lish sacase la tijera (en las ediciones españolas de Anagrama, ambas en excelente traducción de Jesús Zulaika, Principiantes consta de 318 páginas frente a las 160 de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?). El texto base es el manuscrito original conservado en la Unversidad de Indiana y la restauración, según los editores, es completa. ¿Y qué nos encontramos? Lamento decirlo, algunas decepciones. Para empezar, el estilo de Carver no es ni mucho menos tan cortante y tan seco: incluso resulta, en algunos momentos, casi prolijo. Y sus historias originales no poseen la gelidez y la desesperanza a la que estamos acostumbrados sino una mayor carga emotiva y sentimental. Sigue siendo un gran escritor pero quizá no un escritor inmenso. Le sobran palabras, y no es un chiste.
 Un buen ejemplo es “Diles a las mujeres que nos vamos” (reducido en un 55 por ciento), una dura historia de dos padres de familia corrientes que, casi por casualidad, acaban asesinando a dos chicas. En la versión de Lish, el final es demoledor: “Todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill”. La frase es enteramente de Lish y sustituye a las cerca de ocho páginas más que Carver dedica a contar el mismo desenlace: hay una larga persecución, la violación de una de las muchachas (la única que es asesinada), más diálogos y una conclusión en la que Jerry se abraza llorando a Bill. Y ninguna aportación.
 Igualmente significativo, en otro sentido, resulta “¿Por qué no bailáis?”. Lish apenas ha recortado el 9 por ciento del texto, prácticamente una palabra aquí y otra allá. Y no obstante, el relato ha cambiado por completo. El cuento “de Lish” es una historia cruda, deprimente; el de Carver, una triste pero muy tierna.
 Da la impresión de que Carver nunca sabe cuándo detenerse y Lish, en cambio, lo ve enseguida. En “Después de los tejanos” (titulado en Principiantes “Si ello te place”), el relato se extiende otras siete páginas para relatar cómo el protagonista abandonó hace años la bebida, rompiendo el clímax de una historia que ya parecía perfecta cuando la leímos por primera vez. Básicamente, Carver se recrea en las digresiones, en las anécdotas paralelas al nudo central de cada relato, y, cómo no podía ser menos, a veces las “estropea”. Raramente la versión de Carver se nos antoja más redonda que la de Lish (“Belvedere” sería un ejemplo). Lo normal es que suceda al contrario.
 Sé que no todos los lectores estarán de acuerdo conmigo. Philip Roth ha declarado calurosamente preferir los cuentos originales y ha deplorado la poda de Lish. Quizá el problema resida en la comparación. “Bolsas” (Lish) y “Algo sencillo y bueno” (Carver), con una diferencia de texto del 78 por ciento, son dos obras con el mismo argumento pero totalmente diferentes. Y cada una tiene un encanto muy distinto y produce emociones dispares.
 En el mundo anglosajón, existe la figura del editor, que difiere de la del editor español. Aquel es un experto lector que corrije los manuscritos, en colaboración con sus autores, introduciendo a veces mejoras significativas. No cabe duda de que Lish era un editor excepcional, además de un gran escritor él mismo: desde la intervención artesanal de Ezra Pound en La tierra baldía de Eliot no se conocía un caso igual a este. El famoso estilo “carveriano” no era de Carver, después de todo. O no enteramente.

JLP

(Reseña publicada en el número 89 de la revista “Clarín”).

11 comentarios a “Cuando Lish inventó a Carver”


  1. 1 Francesca 13/Dic/2010 a las 7:55 horas

    ¡Estoy de acuerdo con el autor de la reseña! se le está dando mucho importancia a esta nueva “edición sin editor”, sin pararse a comparar, creo yo. Estamos acostumbrados a la idea de que el editor sólo siga pautas comerciales y carezca de cualquier criterio literario, pero un buen editor puede “obligar” a un escritor perezoso a sacar lo mejor de sí mismo. Yo no me atrevería a afirmar que algunas de las frases son de Lish, pero seguro que Lish empujó a Carver hacia la casi perfección de sus relatos. “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?” me pareció un libro interesante en su día, “Principiantes” lo quise leer por la curiosidad de comparar… y lo dejé enseguida, lamento decirlo, pero me pareció un libro carente de garra y muy inferior al antecesor que ahora tanto critican (claro que no tuve la paciencia de acabarlo…).
    ¡Un saludo!

  2. 2 Jesús Zulaika 13/Dic/2010 a las 13:18 horas

    Philip Roth prefiere el CUENTO “Principiantes” del libro Principiantes de Carver al cuento “De qué hablamos cuando hablamos del amor” del libro De qué hablamos cuando hablamos del amor -es decir, de Principiantes pasado por la poda de Lish-). No TODO el libro Principiantes.

    Y, ya de paso, me gustaría decirle al autor de la reseña, José Luis Piquero, que quizá podría haber sido, si no más generoso, sí más riguroso con algo tan importantes en literatura, cuando se reseña una traducción, cual es consignar el nombre del traductor.

    Jesús Zulaika,
    traductor de De qué hablamos cuando hablamos del amor y de Principiantes.

  3. 3 José Luis Piquero 13/Dic/2010 a las 14:47 horas

    Amigo Jesús: Tienes toda la razón. La cosa es especialmente grave cuando yo mismo soy traductor. Queda consignado, tanto en la ficha como en el texto.

  4. 4 Josep Carles Laínez 13/Dic/2010 a las 18:35 horas

    ¿De qué nos sorprendemos? ¿Nos sorprendemos de algo? Si Carver hubiese publicado en una editorial provinciana no estaríamos hablando de él. ¿Acaso no hacen lo mismo Planeta, Tusquets, Plaza & Janés, Siruela…? Por lo mismo me refiero a enmendarle la plana al autor: cortando, reescribiendo, sugiriendo, cambiando o, directamente, si tiene nombre, poniéndole un negro.

  5. 5 Eva Vaz 13/Dic/2010 a las 20:43 horas

    “Creía que mi Carver era Dios”; y, de paso le hago un guiño a Paul Auster, “editor” del libro de relatos contados radiofónicamente por oyentes que, sin ser escritores, narraban, que es algo más que digno. Todos necesitamos loar la maestría de la elipsis carveriana. ¿Y ahora qué? Mejor me olvido de este acontecimiento. Una, que es mitómana.

  6. 6 Ana 14/Dic/2010 a las 16:45 horas

    A mí me encanta toda esta historia. ¿Por qué amargarse o romperse las mitomanías? Cuestión de punto de vista. Llamémosle trabajo colaborativo, por ejemplo. O desacralicemos al “autor”.

  7. 7 Jorge Ordaz 15/Dic/2010 a las 18:19 horas

    Gordon Lish tiene un ilustre precedente en las letras americanas: el gran Maxwell Perkins, que trabajó para la editorial Scribner. “Editó”, entre otros, a Hemingway, Scott Fitzgerald y Thomas Wolfe. A todos ellos “mejoró” sensisiblemente, en especial a Wolfe, que entregaba miles de páginas casi ininteligibles que luego se convertían en novelas gruesas pero manejables.
    En cuanto al dilema Carver vs Carver Lish, no me decido en bloque: según los cuentos, unas veces me gustan más tal como los escribió Carver y otras veces los prefiero pasados por las tijeras de Lish. Y otras veces hay partes de un cuento que me gustan más de uno o de otro. En fin, no sé. En cualquier caso Carver no deja de ser un gran escritor aunque le “poden”
    Un abrazo.

  8. 8 miguel 16/Dic/2010 a las 8:42 horas

    Mui bon artículo Jose.
    Si yá me daba perceguera lleer “l’orixinal”, agora dame muncha más. ¡¡Dios, por qué nos quieren cargar a tolo mitos”

  9. 9 Xandru F. 16/Dic/2010 a las 14:43 horas

    Oportuna reflexión, Jay, y la comparto en tanto que cuestionamiento de la noción de “autoría”. Otra cosa es el “caso Carver”: yo ya había decidido no leer “Principiantes”, basándome precisamente en que Carver es “mi” Carver, el que leí, corregido por Lish o por quien fuera. De ahí que no siguiera las reseñas sobre el libro ni mostrara excesivo interés en él. Ahora bien, parece ser que el eje de la polémica es el libro de Carver que a mí, personalmente, siempre me pareció más imperfecto, menos carveriano y más (siento decirlo) tedioso: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Prefiero una y mil veces “Catedral”. Así que tal vez esta edición me reconcilie con esos cuentos. Gracias por ello. Ya te contaré.
    Un abrazo.

  10. 10 Xandru F. 16/Ene/2011 a las 23:42 horas
  11. 11 José Luis Piquero 17/Ene/2011 a las 0:27 horas

    Trasladamos el debate a tu blog.
    Un abrazo.

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