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Borrasca

Me pregunto a menudo cuál es tu gesto.
He visto muchas fotos,
eres guapa pero tus fotografías
dicen más del hombre que te las hizo
que de ti.

Ese hombre te adoraba.
Ese hombre te abandonó.
Ese hombre es mi marido.

Y cuando te veo en el papel,
el corazón me late en la garganta
y aúlla mi animal sin pelo ni historia
porque en ellas veo a mi marido; no aparece
pero su amor es el protagonista de ellas.
Él te amaba.
La foto me quema las manos.
Ardo.

No sabes que nos parecemos demasiado
y odiarte a ti sería odiarme a mí misma.

Te odio.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
seríamos dos amigas íntimas.
Tendríamos el fuego para todos los cigarros,
la frase justa,
la sonrisa constante, como una ofrenda.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
convocaríamos en torno a la cocina
a todos los amigos que perdiste.
Prepararíamos cena para todos
y llenaríamos sus copas de vino.
Nos sentaríamos juntas en la mesa,
cómplices,
como predicados sin verbo.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
compartiríamos la ropa
y enamoraríamos de mentira
a los mismos hombres.

Pero eres la mujer que mi hombre abandonó
y ya tú no eres tú.
Eres un animal feroz en la fiesta de otros.
¿Tenías tanto veneno inoculado?

Ahora, el hombre que te abandonó no sabe
si te volviste otra
o ya eras otra cuando él te amaba.

Sé, el dolor y sus exigencias…
Pero no perdono tu metástasis de horror,
la extensión de tu odio como una masacre
ajena y propia.
Eres un cementerio sin muertos,
una brújula sin aguja. Nada.
El hombre sin la mujer.

El hombre que te abandonó
ya no te recuerda.

Y yo, su mujer, mezquina y feliz,
me alivio estúpidamente
porque ahora él es el protagonista
de mis propias fotografías.

Lo has logrado: ahora me siento
más miserable que nunca.

Este poema no existe.

No existe el pasado.



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