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ESCATOLOGÍA ECOLÓGICA

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Mi gran amigo y generoso anfitrión en esta bitácora, don Barbonauta, me llamó para invitarme, conociendo mi ser ecológico y mis experiencias infantiles y juveniles, a que reflexionase para vosotros sobre un suceso grave ocurrido hace poco: el tremendo incendio en una isla canaria provocado, según informan los media, por un joven alemán que prendió fuego al papel higiénico usado en aquello para lo que fue fabricado y no para, un poner, limpiar las gafas.

Ahora bien, si como oí en algún telediario, el joven vivía en una cueva la cosa se complica porque cabe preguntarse …

¿estamos ante un anacoreta, ante un bandolero o un gitano del Sacromonte? ¿Será un ecologista dispuesto a integrarse en la naturaleza por lo que se fue a vivir en una cueva de un monte? Ni idea, que el asunto está en secreto de sumario. Elucubro, pues:

cuando lo vi en la tele no tenía el aspecto normal de anacoreta: sucio, de luenga barba, mal vestido con algún trapo o piel, báculo, … Tampoco de bandolero, que no llevaba patillas gordas ni escopeta. Ni tenía aspecto de gitano, rubito él (aunque he conocido algún gitano rubio, no se parecía en nada a ellos). En cuanto a ecologista … no me cuadra que llevase gafas, ropa confeccionada, que usase papel higiénico y mechero o cerillas, productos todos ellos de las nefastas tecnologías**. Y supongo que no llevaría móvil ni tableta, que en la cueva seguro que no tendría corriente, wifi ni cobertura.

Si había usado el papel higiénico en la higiénica tarea de quitarse el marrón, no cumplió con lo ecológico al no dejarlo para alimento natural de las moscas: ¿que sería de la biodiversidad y la especie humana sin ellas?

Y aquí es donde encajan mis vivencias infantiles y juveniles, que sí fueron ecológicas en lo tocante a lo escatológico del asunto: siendo un chavea preadolescente, en las vacaciones estivales acompañaba a mi abuelo al campo y le ayudaba en la recolección de las panochas (panojas) de maíz, sulfatar la viña, escardar, etc… Y no llevaba papel higiénico simplemente porque en aquellas fechas no se usaba y quizá ni existiese aún en España, pues lo que se veía en los retretes de cualquier casa, café, etc… eran trozos de hojas de periódico, papel de estraza

(sí, el que se usaba en las tiendas de comestibles para envolver lo que se compraba, las lentejas, garbanzos, arroz, judías … con sus gorgojos y piedrecitas que había que eliminar antes del guiso),

marrón y similar a los papeles grises de ahora, pero que no se ponían como cartucho sino como una especie de sobre, más o menos así:

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Ya en los años 50 empezó a verse un papel higiénico llamado Elefante, marrón también, supongo que a juego con su huésped previsto.

Un día, estando con mi abuelo en el campo, mis tripas pidieron protagonismo y tuve que ponerme en cuclillas y vaciarlas, tras lo que mi abuelo me dio unas hojas grandes de árbol que eran verdes pero no recuerdo de qué clase de árbol, aunque no eran de las que picaban al restregárselas. Esas hojas grandes se podían doblar y limpiar más, pero el palomino quedaba en los calzoncillos. Había quien se limpiaba con las farfollas (hojas de las panochas).

Higiene ecológica se llama eso.

Esto me ha recordado la canción que nos cantaba a los críos una señora muy simpática, tocando el acordeón y poniendo gangosa la voz, y que nos hacía reír como locos:

agar en alto
pa ver la ierda
pegando saltos.

A mí me usta
agar zurullos
pa ver la ierda
pegar repullos …

En la mili, la experiencia, aunque ecológica también, fue muy distinta. Llevábamos media mañana del mes de julio haciendo instrucción, marcha, asaltos a trincheras, etc… en un cerro pelado y pedregoso donde no había ningún árbol ni matorrales, cuando me asaltaron unos retortijones terribles, de modo que pedí permiso al teniente y procedí con el método:

- buscar un declive o una roca grandota para que el resto de la compañía no me viese en la faena,

- ir mirando al suelo para seleccionar unas tres piedras planas y lisas que,

- una vez encontradas, había que mover con la culata del mosquetón (no había cetmes aún) por si debajo descansaban alacranes; si los había, culatazo que te crió;

- cogidas las piedras se les quitaba el polvo y se ponían al lado;

- acto seguido, poner el mosquetón de modo que no le entrase tierra en el cañón, quitarse el correaje y el mono -no íbamos de camisa y pantalón sino de mono enterizo- pero sin quitarse las botas, de modo que la parte superior del mono la pasábamos por la entrepierna y se sujetaba por delante para que no cayese hacia atrás.

- Y ya, en cuclillas, marrón fuera; se cogía la piedra más grande y se rebañaba lo más posible. Se colocaba con la comida de las moscas hacia arriba y se repetía la operación con las otras dos piedras rebañando todo lo que se pudiera.

Palomino factum est también pero con agravante porque en esa edad ya tenía vello periojete y los restillos marroncetes se podían secar formando unas pelotillas que, si no era en una buena ducha, bidé o baño había que quitarlas “depilando” de un tirón, lo que en zona tan sensible y delicada … Y usar unas tijeras ahí era peligroso, de verdad.

Tras las marchas, instrucciones y demás nos llevaban a las duchas, antes de llevarnos al comedor. En una hora o así teníamos que ducharnos en el mismo sitio todos los que estamos en esta foto (creo recordar que éramos unos 5.000; cuéntalos, si te parece, para estar seguros).

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Junto al campamento pasaba un río que hacía una curva formando un remanso. Le habían hecho una especie de muro y el aspecto era parecido a los pantanos. Allí se bañaban los oficiales y le decíamos la piscina de las estrellas. Pues bien, el desagüe de la piscina estaba formado por muchas tuberías, con agujeritos debajo, que salían de la parte alta del muro, y ésas eran nuestra ducha.

Llegábamos, formábamos los pabellones con los mosquetones,

nos desnudábamos, bajábamos la cuestecilla hacia la ducha, nos metíamos en ella, cruzándonos con los que salían, nos mojábamos un poco, cogíamos la ración de hongos en los pies, subíamos la cuestecilla, nos vestíamos, cogíamos los mosquetones (todo ello en unos seis minutos ) y nos íbamos a la compañía, para soltar las armas y luego bajar al comedor. Creo recordar que cada vez nos metíamos bajo la ducha como mínimo dos o tres compañías, 200 o 300 soldados (no “efectivos” que diría un locutor o periodista desconocedor de la lengua). Obviamente, no podía uno quitarse las pelotillas ni salíamos limpios, al contrario, el polvo que llevábamos de tanto reptar y marchar se convertía en barro con la poca agua que nos caía en un minuto o así.

Bueno, pues ya tenéis un par de ideas de cómo actuar ecológicamente en lo escatológico excremental. Y para que actuéis bien y tengáis éxito en la actuación, me despido animándoos con el grito que se lanza a quienes actúan buscando el triunfo:

¡¡MUCHA MIERDA!!

(pincha, pincha en lo colorao …)

logo-vate


**) Mira este vídeo a partir del minuto10,30.



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