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LA FORJA DEL IMPERIO - tranco sexto

Resumen de lo publicado: el bomberazo Elías Cienfuegos, sitiado por la guardia Severita Porras, ha sufrido accidente laboral al entrar en un edificio derruido por la explosión de unas bombonas; el Dr. Hueso que le opera se ha olvidado las gafas en el campo operatorio; Dñª Magis, la maestra del hijo del trauma, está preocupada por el mocete, que tiene unas actitudes raras, y espera ver luz cuando hable con la trabajadora social. Mientras, unos tipos andan por ahí, gorras al revés, dándole al monopatín. Y la trabajadora social, Auxi de la Obra, con el informe social listo, cansada del curro marcha a casa y comprueba que el compañero no ha llegado, de modo que se toma unas patatitas y un trago de mostaza. Entre tanto, su compañero, Cristóbal Caminero, viajante, se ha equivocado de carretera y no puede llamarla porque se ha quedado sin batería. Llegará 200 Kms. más tarde.

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Auto-stop

Amanece cuando Cristóbal Caminero se acerca a la ciudad. Comienza el primer boletín informativo de la emisora local que lleva sintonizada y habla una locutora que se equivoca mucho. Le cuenta a quien logra oírla sin desconectar que los servicios de Protección Ciudadana están celebrando una fiesta campera. Después lee un comunicado conjunto de la Municipalidad y la Delegación de Salubridad Pública en el que se ruega…

“…e insta a la ciudadanía a que antes de colapsar los servicios de urgencia por causa de leves mareos procure sentarse y agachar la cabeza lo más que pueda intentando situarla entre las rodillas, que se tome un café bien cargado y espere una hora por lo menos en dicha postura y que sólo si estas medidas no surten efecto y el mareo persiste llame a su centro de salud para pedir número del modo acostumbrado.

Se comunica, así mismo, que de los datos obrantes no se deduce la existencia de ninguna epidemia por lo que no hay motivo de preocupación. Si hubiere alguna novedad las autoridades adoptarían todas las medidas que fueren necesarias.

La Jefatura de la Policía de Tránsito Rodado aprovecha la ocasión para pedir a los ciudadanos que respeten las señales y que si van a los centros sanitarios accedan por donde se indica y no por cualquier puerta, que bastante saturación hay ya en ellos como para tener que indicar las puertas a los que llegan mareados. De no respetarse estas normas habrá que tomar otras medidas…”

Cristóbal cambia a una emisora musical. La confusión de las noticias, la torpeza de la locutora y la falta de sueño le empiezan a marear de nuevo. Pronto llegará a casa y podrá descansar.

Una señora de aspecto respetable, con aire de mucho cansancio y un fular al cuello, parada en la calzada, mira al coche con aire suplicante. Cristóbal frena y baja el cristal de la ventanilla:

-Por favor, ¿me puede decir dónde estoy? Me he perdido y no he parado de dar vueltas desde ayer por la tarde.

Cristóbal la informa detallada y solidariamente (¿qué viajante no ha tenido que preguntar alguna vez una dirección, cómo salir de un pueblo, dónde hay un hotel…?) y, ante la expresión de Dª Magis, la invita a subir al coche para llevarla a su casa.

-¡Dios santo, ¿cómo he podido perderme así? ¿Me estaré volviendo tonta?
-No se preocupe, señora, a mí me ha pasado algo parecido. Lo que pasa es que hay mucha contaminación y ya se sabe…

Y así comienza una conversación en la que, primero un detalle, después una pista, se va llegando poco a poco a la coincidencia y resulta que:

-¿Entonces Vd. es el marido de Auxi? ¡Qué casualidad! Pues precisamante hoy tenemos que vernos, pero vamos a ver cómo me encuentro, porque antes tendré que descansar, que estoy molida.

Tras dejar a la maestra en su casa Cristóbal dobla por la primera esquina a la derecha y le llama la atención ver a una guardia aparcando en doble fila mientras que un cura de sotana la piropea cuando saca las piernas del coche.

- Qué cosas…, piensa.

Pero su sorpresa es el inicio de una larga sucesión. ¿Será la falta de sueño? En el largo camino hasta su casa Cristóbal descubre que hay mujeres capaces de llevar el carrito de la compra sobre el hombro como un gastador lleva el cetme y que varios viandantes enchaquetados y encorbatados llevan puestos los pantalones del pijama. De una churrería sale una jovencita con la rueda de churros bajo el brazo y mordiendo un libro de matemáticas, mientras que su acompañante, descalzo, porta unos zapatos colgados de las orejas. Hay un regador municipal que apunta su manguera a los atestados contenedores de basura y de un balcón alguien tira a la acera la ropa de una colada, que deja al aroma del detergente intentando ligar con los azahares del bordillo.

Cristóbal piensa que hay más chalados cada día y podría demostrarlo sólo con fotografiar a las gentes con las que se cruza, la mayoría con expresión ausente y andar vacilante, temeroso, inseguro. Ahora hay más autos en la calle, y más peligro. Parece como si el despiste de los viandantes se hubiese contagiado a las máquinas y cada coche interpreta las normas de circulación según le conviene, de modo que mientras que para unos la flecha de dirección obligatoria significa que hay que ir por ahí, otros deben estar pensando que es el emblema de un indio aristócrata y, ácratas que son, las menosprecian y circulan en sentido contrario. Los semáforos son luces de feria y los guardias tocan el pito a ritmo de sevillanas, lo que exaspera a Cristóbal que no las soporta y le hace pisar el acelerador. Se juega la vida, pero el ansia de cama es poderosísima y le compensa.

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Al abrir la puerta lo primero que ve es la nota que le ha dejado Auxi fijada con cello a la cantonera de la columna, como una banderola:

“Me duele el estómago a rabiar. Me voy a urgencia, al hospital. Son las 6 de la mañana”.

Por la acera de enfrente, y a velocidad de expertos gargajos, unos gamberrazos en monopatín provocan chispas en el pavimento y ráfagas de ruido en inglés.

Ya, ya nos vamos acercando.



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