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UNAS REFLEXIONES SOBRE LITERATURA ABSTRACTA

A propósito de unos artículos leídos hace algún tiempo se me ocurren estas reflexiones. Comienzo señalando que, como todo en esta vida, el hecho literario y el de la lectura ofrecen aspectos diversos, contemplados desde distintas ópticas (sin ánimo de exhaustividad).

Las de:

El lector profesional (LP): Profesionales, teóricos y prácticos, de la literatura y la crítica: su oficio es leer y escribir y caen, como cada cual en su ámbito laboral, en la deformación profesional, hasta el punto de acusar de vago al lector que no gusta de sus gustos (varias veces he leído la estúpida expresión de “lector perezoso” o “vago”, etc…) sin caer en la cuenta, el que la usa, de que a quien trabaja muchas horas al día y puede rebañar un par de ellas para la lectura por afición, placer, relax o lo que sea tendrían, ellos, que ponerle una medalla pues son estas personas quienes le sostienen su medio de vida.

Muy amigos de exaltar “lo último”, “lo rompedor”, etc., quizá porque tienen que demostar en sus mundos profesionales que están al día. Pero en su tarea crítica, normalmente fomentan la lectura de las obras marquetinianas, que hay que comer, oiga, y los tiburones editoriales pagan bien.

Pero seguro que también les gusta el “sólo entretenerse” y han leído o leen prosas muy conccretas como las de Agatha Cristie, Simenón, Hamett, etc…

Lector informado(LI): el que busca y lee buena literatura, que “le llegue”, le enriquezca, le haga disfrutar y le deje ganas de seguir leyendo. Quizá no muy amigo de nuevas experiencias por falta de tiempo para dedicarlo a descifrar jerogíficos verbales. Es lector de clásicos y de contemporáneos comprometidos con el arte, lo social, etc… No con los bestsellers.

Puede que sea ave bastante solitaria. No hace exhibición de su afición y gustos.

Y también le gusta el “sólo entretenerse” con Agatha Cristie, Simenón, Hamett, etc…

Lector masa (LM): el que se guía por el marketing y compra en las “grandes superficies” o los kioscos. Quizá no termina lo que empieza porque le falta demasiado vocabulario o quizá lee lo que está de moda para poder decir que lo ha leído en las reuniones sociales; o quizá decora estanterías.

Por otra parte, las denostadísimas -por el LP- novelas históricas de moda, ¿qué son, sino policiacas a lo grande, empezando por “El nombre de la Rosa”, aunque la cultura de Eco y Brown no sean comparables en absoluto?

Dividir el mundo lector sólo en LP y LM, me parece maniqueo e injusto para LI que, al fin y al cabo, es el que sostiene la edición de lo consagrado: ¡cuántos de “lo último” han sido, y serán, olvidados! Tampoco me parece justo insultar al LM -como hacen algunos-, pues toda la culpa de la situación comercial de la literatura no es del marketing: una política pseudoprogresista (ministros y ministras de Cultura avalando los premios Planeta, por ejemplo, tal que si los de Industria avalasen el lanzamiento de una olla exprés) y unos planes de enseñanza falsamente progresistas, desde los 80, tienen mucho que ver con ello; todos mis hijos hicieron bachiller de letras con buenas calificaciones ¡¡y era yo el que tenía que explicarles la literatura universal durante los veranos, porque ni siquiera figuraba en los programas!!

Además, el hecho de que los autores abstractos no se lean creo que se debe también a que escriben para ellos, para sus colegas y para el tipo de LP. Ni éste ni aquéllos tienen derecho a quejarse. ¿Es lógico que poemarios de 70 pgs. necesiten introducciones de 200 para ser entendidos? ¿O que novelas crípticas se vendan al mismo tiempo que guías para leerlas? Huele a camelo, como los cientos de cuadros clónicos de Picasso, Tapies, Miró y otros.

Recientemente, un experto en poesía y profesor de literatura me contaba que los poetas más conocidos vendían un promedio de … 300 ejemplares por edición.

Algunas de mis experiencias con lo abstracto:

Mecanografié en cierta ocasión un discurso de Fraga, con sus frases inacabadas y sus palabras a medias; después recorté párrafos y frases, las barajé y las coloqué según iban saliendo del montón. Hecho el collage, volví a mecanografiarlo … y se lo enseñé a varias personas. Quienes, del común, no eran muy lectoras que se diga me miraban atónitas y me decían que no habían entendido ni jota; quienes eran personas “muy leídas” le sacaron influencias de autores surrealistas, de Faulkner y no sé cuantos más.

Hace 20 años me dio por pintar. Un día, al concluir la sesión, antes de lavar los pinceles y la paleta (era acrílico), se me ocurrió limpiarlos sobre una de las tablas vírgenes que tenía. Quedó un conjunto de trazos bastante resultón e incluso, por puritita casualidad, se produjeron transparencias no buscadas. Le puse un marco hecho por mí y lo colgué en mi cuarto de estar. La relación de significados que mis amistades mas artísticas le adjudicaron da para una monografía. Y sigue … Me recordó un episodio de juventud, consistente en algo parecido: mi amigo garabateó con acuarelas sobre un papel, lo tituló “Alfulfa carrañaca” y fue todo un éxito en una exposición universitaria. Lo que nos reímos…

Todo esto es como la famosa cata de qüisquis que hubo en la tele cuando era en blanco y negro, a cargo de un grupo de “expertos” catadores: ni uno acertó y todos los vasos, creo recordar, tenían DYC.

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La novia del poeta, cuyos poemas - atiborrados de símbolos y metáforas que sólo él y la novia conocían- no entendí, me decía que buscase la musicalidad. Seguimos hablando y no sabía quienes eran Berio, Gudonov, Orff, …. Algo sabía de Mozart porque por entonces se había estrenado Amadeus y, claro está, de Mahler, porque la moza (hoy no tanto) era -y es- del PSOE que controlaba Guerra.

La música en un texto literario -como la letra en una ópera- será siempre secundaria, porque en la música lo que importa es la sensación auditiva y en la literatura la idea que se comunica (y, naturalmente, se pierde en la traducción a otro idioma, que tiene su propia música e igual pasa con la plasticidad de las palabras, que al ser traducidas cambia por completo), como el texto en una ópera; la erudición hay que buscarla en el ensayo, en la filosofía, en textos académicos, etc…Si se nota en la literatura, creo que ésta es más que buena, pretenciosa. Y cuando se quiera encontrar abstracción, vuélvase a la filosofía pura y dura, que tiene, de antiguo, gran vinculación con las matemáticas: en éstas hay que buscar la abstracción genuina.

La forma por la forma, el arte sin contenido, ¿es arte? Tengo mis dudas. Además, se le llama arte a cualquier cosa: a la tauromaquia sin ir más lejos - como bien deben de saber autores proabstractos y antitaurinos-, a ciertos tipos de gimnasia, de danza (hoy más gimnasia que otra cosa)…

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Contradicción: un escritor de gran erudición crea de la nada. Creo que no es posible, ya que además de ser erudito, el mero hecho de usar palabras ya implica que no se parte de la nada, sino de su erudición y de las palabras (que tienen unos significados previamente elaborados, aceptados, transmitidos … hasta que le han llegado a él de modo que pueda usarlos. Distinto es que los use con tino y uniendo las palabras adecuadas para transmitir ideas, sentimientos, etc.).

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Ejemplo al canto de subversión “abstracta” en el uso de las palabras: centro deportivo anuncia “nado -por natación- libre”. Le digo a la administrativa que me atiende que cómo se les ocurre poner la forma verbal en el lugar del sustantivo. Me responde que tampoco hay que ponerse tiquismiquis. Le digo, bueno, pues dígame dónde está el servicio para tomar un café con raquetas. Me mira atónita, ¿cómo?, le repito la pregunta; es que no entiendo lo que me dice. Le respondo: porque se pone usted muy tiquismiquis.

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Sobre Joyce. He leído dos de sus obras: “Retrato…” y “Dublineses”. Me gustaron. Cuando intenté acercarme al Ulises, LO QUE LA CRÍTICA ME DIJO DE ELLA me hizo desecharla y cada vez que leo un canto a su obra, más rechazo siento (aunque no descarto su lectura, porque quizá el rechazo se deba a la presunción de esos críticos a los que me refiero arriba). De Beckett sólo conozco “Esperando a Godot” (leída y vista). Y me sobra. ¿Porqué? Porque todo eso que sostienen algunos de leer entre la nada, que una obra no se propone nada, separarse de la realidad, etc… me parece pura verborrea para demostrar lo indemostrable: que la obra no se propone nada. Falso: toda obra se propone algo, del mismo modo que nadie es apolítico. Distinto es que el autor sea consciente de ello o no.

O puede que el vacío, la nada que tanto se exaltan en el artículo que ahora estoy recordando estén en el propio autor comentado. Puede que separarse de la realidad no sea más que puro escapismo, egoismo, insolidaridad, meterse en una burbuja y situarse por encima de los demás, es decir, arrogancia (o enfermedad mental, psicólogos hay que podrían estudiarlo). No lo sé. Comento frases de un artículo, no la obra de Beckett que, conscientemente, no he querido seguir conociendo: hay mucho que leer en el mundo para entretenerse en un, al parecer, diletante que, encima, no tiene capacidad de fabulación ni simpatía (según otros críticos).

Una observación sobre lo de separarse de la realidad: cuando el maestro de la nada escribe, ¿sobre qué está sentado, en qué se apoya, con qué caligrafía o mecanografía sus “naderías”, con qué se ilumina…? No creo que sean abstracciones, sino cosas, muy concretas y tangibles: reales. Por cierto que el artículo en cuestión me ha recordado esas críticas de arte y esas parrafadas de los sumilleres, perfectamente intercambiables entre exposiciones de arte y vinos: verbacuidad llamo yo a eso.

A García Lorca se le entiende a la primera. Incluso a Góngora (si prescinde uno del conocimiento profundo de la mitología que hoy nadie del común tiene). Cuando en la postguerra estaba prohibido Lorca, a mis 10 o 12 años de edad “La casada infiel” cantada por un campesino analfabeto en la trilla. Un par de años después, a un pintor de brocha gorda, trabajando una pérgola de jardín público, cantar “Verde que te quiero verde….”. De Argentina, ya en la universidad, llegó a mi casa una edición de Losada del “Romancero gitano” y entonces me enteré de quién era el autor de aquellos cantes. ¿Qué gran poeta de los abstractos, crípticos y demás cantan hoy los obreros en el tajo? Añado que mis primeros clásicos me los regaló un mozo de almacén que se pasaba la jornada haciendo paquetes. Eran ediciones de quiosco de los años 20 y los conservo con verdadero cariño.

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Autores de los citados como abstractos escribieron en inglés: ¿se le puede añadir la calificación como tales a las traducciones al español? ¿Las de que traductor? ¿Goza el traductor del privilegio de comprender la abstracción ajena, así, sin más? Conozco traducciones distintas de algunas obras que no se parecen nada entre sí, y tengo algunos libros bilingües enfrentando el original y el español, y las diferencias entre original y traducción son notabilísimas. ¿Podría ocurrir que alguno de esos autores, en su idioma y leído por sus paisanos, no sea abstracto, característica que adquiere al ser traducido porque el traductor sea un petardo y no haya entendido el original o sea un pésimo redactor? Yo he tenido que dejar de leer libros de autores prestigiosos insufribles por la traducción, y hablo de elementales faltas de sintaxis, empleo inadecuado de términos, etc…

¿Quién se arroga la cualidad de poder leer en el interior de un autor para afirmar que le entiende las metáforas y los símbolos? Si es difícil la comunicación entre personas que se conocen y se aman (ver Antonioni, Bergman y Allen, así como la vida misma), si los juicios de valor erróneos están a la orden del día y no se admiten -teóricamente- ni en derecho, ¿cómo se puede afirmar, sin rubor, que se entiende lo que estaba pensando el autor críptico cuando escribía?.

Pero cada cual es libérrimo de entusiasmarse con lo que quiera, mas no de tratar de imponerlo a los demás. Más inquisiciones no, por favor. Ni más salvadores.

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Me ha alarmado la expresión usada por un articulista de “trabajar” a (no con, sino “a”) la gente tonta, indolente y hedonista, porque me ha recordado a la psiquiatría nazi y al que habló en el Senado de “curar” a los homosexuales. ¡Que presunción! ¿Cómo se compadece eso de sentirse de una elite (recalco: elite, no élite) y marginado al mismo tiempo y estar dispuesto a “trabajar” a la masa tonta? ¿Para que la masa sea también elite? ¿Para que sea también marginada? ¿O se trata de conseguir salir de la marginación y de la posición de privilegio que, simultáneamente, viven quienes plantean el absurdo enunciado? Pura abstracción.

(Aquí entraríamos en disquisiciones sobre la pseudodemocracia que tenemos para buscar soluciones, y eso ya es otro tema).

Para terminar, creo muy útil citar a M. García Viñó: “El lenguaje de una novela, sin perjuicio de que sea bello, tiene que ser, antes que nada, preciso y funcional, puesto que su misión no es hacer gorgoritos con las palabras, sino levantar una realidad, la realidad ficticia, delante del lector, con la mayor expresividad, bulto y consistencia. La mente del lector actuará como una pantalla, donde se espeja lo dicho por el novelista. Ningún lector “verá” nada si lo atolondran con generalizaciones memas, imágenes cursis y metáforas rebuscadas. El lector interesado puede consultar mi Teoría de la novela, Anthropos, Barcelona, 2005”.



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1 comentario en UNAS REFLEXIONES SOBRE LITERATURA ABSTRACTA

  • Alfredo de Federico García

    ¡Manolo, a veces me emocionas, coincido contigo al 100&!

    Y ojo, que en la filosofía y afines también hay grandes camelistas. Menos mal que no he leído a ninguno, pero sí a Alan Sokal, que hace casi 20 años los puso a caer de un guindo en “Imposturas intelectuales”, Paidós Transiciones, 1999.

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