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SERIE OLÍMPICA

COMO PUTA POR ASFALTO

Cuando empezó en el oficio, la cosa le daba gustito porque hacía gozar a muchos, ganaba su dinerito y soñaba con la riqueza que le permitiría dejar de trabajar en plena juventud. Y quizá, entrenar a jóvenes para que siguiesen una vida similar a la suya.

El movimiento de sus piernas, la cadencia de sus caderas y el jadeo que acompañaba todo su trabajo eran proverbiales, como la inclinación de su cuerpo hacia delante. Los hombres se excitaban, gozaban y gritaban al hacerlo.

Hubo un cambio total, insidioso y sutil al principio, cuando la tarea empezó a exigirle sacrificio: “espíritu de sacrificio”, decían que poseía en grado sumo, quienes ensalzaban su actividad.

Pero, pese al placer que procuraba a tantísimos, decidió firmemente dejar el ciclismo porque, concluyó, sufrir por dinero para que se exciten y gocen los hombres es andar como puta por asfalto.

Y todos los que habían disfrutado al verle en la tele, con el enjuto culo en pompa bailando sobre el sillín oscilante, mientras pedaleaba en el ascenso de cualquier pendiente, sufrieron por el abandono de su amado.

GEOMETRÍAS

Bajo la esfera deforme, el trapecio invertido al que se enganchan, derecha e izquierda, dos triángulos en el primer tramo. Del segmento inferior salen, hacia abajo y formando ángulo entre sí, dos nuevos ángulos de más grados que los triangulares supraubicados y que terminan, a su vez, en dos angulitos que tienden a los 90º. Y todo ello en pertinaz y oscilante movimiento, mas sin separarse jamás del plano que los soporta: supondría la extinción si ocurriese.

Sol circular, rectángulos cebrados y vallas rectangulares.

¿Qué destino aguarda a tantos segmentos enlazados durante miles y miles de metros lineales, algunos de ellos curvados? Quizá la soledad.

Mas de la oscuridad emerge un descoyunte armónico de nuevos segmentos y ángulos, adornados de siliconas ocultas, que avanza amenazando desmoronamiento entre flases. Enfurruñamiento de morritos siliconados y desplante. Caros harapos.

Cuando chocan, ya no solitudan las geometrías: el as de la marcha atlética y la modelo de alta costura serán felices triangulándose y balanceando caderas. Su tálamo, un festín para cánidos.

LA ARAÑA

Las patas se movieron toda la tarde con una actividad que no cesaba por nada. A su alrededor se oían cadenciosos golpes secos, rugidos sincopados, fragores sordos y murmullos ininteligibles cuya procedencia, la araña, no veía, aunque podía intuirla, porque todo su empeño estaba en la tela en que trabajaba.

Pegajosa. Imprescindible para su alimentación. Tan tenue, que sólo los ojos más avezados y las cámaras más profesionales podían captarla en su esplendor natural, cuyas irisaciones se magnificaban por las superposiciones del sol y la sombra. Lo que se apreciaba perfectamente en los primeros planos.

La araña era joven pero con gran experiencia ya. Hoy aquí, mañana allí, no dejaba día sin crear su tela. Todo su hábitat natural reconocía la habilidad tejedora, la destreza de sus patas, la agilidad y la fuerza que usaba en su justo término, sólo orientada a la consecución del fin propuesto. Saltaba a la derecha, a la izquierda, hacia el frente, hacia atrás, para esparcir la pegajosa red, y las aparentemente frágiles patas, formando remolinos, casi se hacían invisibles entre los destellos de los filamentos.

Cuando tuvo inmóvil a la moscarda y el último picotazo acabó con ella, lanzó la raqueta al aire e, hipócrita, la tenista fue hacia la red para saludarla: 6-0, 6-1.

SIMIESCA

Ambos clanes luchan con denuedo por llegar al árbol del contrario. Unos a otros se pasan el alimento, evitando que los del clan adverso lo robe. Son grandes, ágiles, alcanzan los 150 kgs. de peso y se entretienen así para olvidar la promiscuidad de sus hembras (que ni el macho dominante puede evitar). Otras veces la lucha es seria, por alcanzar mejores hábitats.

Con poco pelo en la cabeza y largos brazos, corren encorvados sorteándose, saltan cuando se tercia y con sus grandes manos braquiadoras, a veces, se cuelgan en la rama princeps del árbol adversario. Tambien lanzan sus frutos a dicha rama, como símbolo de conquista.

Les resulta muy útil la excelente vista de que gozan, y mucho más la casi carencia de olfato, porque ello les permite obviar el olor de los sobacos ajenos, que muchas veces encuentran en su camino.

Especialmente cuando la obstrucción del oponente es pertinaz o cuando, al alzarse para alcanzar la canasta se encuentran con un tapón memorable.

Se suda mucho en el baloncesto, de veras.

SARDINAS EMBARRICÁS

Son raras las sardinas, no por su escasez, sino por sus comportamientos. Decidme, si no:

¿Cómo entender que después de que las entierren -recordá, che: el entierro de la sardina- allá por la primavera, se vayan a la costa para reproducirse? Y no es que se reproduzcan de modo vulgar, no, que hacen una puesta pelágica de más de 50 (y digo CINCUENTA) 000 güevos, o sea: más de 50.000 huevos de una vez, tanto como 4.166′6 (período puro) docenas de huevos.

¿Qué años tendría que vivir una gallina para igualarla?

Y eso, después de enterrada. Si los pusiera viva …

Con la dificultad añadida de que lo hacen nadando en sincronía con todo su banco, porque las sardinas viven y se mueven formando un conjunto que nada, se hunde, asciende …

… y siempre sonríe. Pero, ¿cómo se puede sonreir si lo que come uno es plancton, plancton en el que se incluyen sus propias larvas? ¿Acaso por eso ponen tantísimo huevo, por compensar? ¿Y cómo se puede sonreir siempre nadando? ¿No se cansan nunca? Bueno, algunas veces me ha parecido verles un rictus, como cuando uno le sonríe al jefe, me entiendes, …

Pero cuando las niñas de la natación sincronizada me alimentan más es cuando unen sus pieses en el centro de un círculo y ellas se constituyen en radios del mismo, sonrientes, claro, y sin salpicarse ni una gotita.

Son como las sardinas embarricás de las tabernas, que en el desayuno están de rechupete (rebaná tostá, restregá de ajo, su aceite y la nadadora sincronizá encima. Al final un buen eructo, y a trabajar…).

POR LAS NUBES

Todo está por las nubes: que si el petróleo (crudo y sucio petróleo), que si los impuestos indirectos, que si la codicia del capitalismo neoliberal … ¡Cuantas y diversas causas! Lo cierto es que la mayoría no llegamos.

Pero hay que llegar, porque si no lo hacemos es el fin. Ello es cierto, pero no todo el mundo es capaz y tiene que pedir ayuda, mas como a las administraciones, o sea, al Estado represor se la recantinfunfla, tiene que haber especialistas que presten su concurso a quienes los necesitan.

Se preparan para ello. Antes lo hacían por caridad y se llamaban asistentes sociales, después por profesionalidad y fueron trabajadores sociales, pero ahora, aún sin este nombre, algo de orgullo por su labor les embarga y les llena, les da una razón para vivir (y para otras cosas).

Podemos observarlos en muy variadas circunstancias, sean éstas de naturaleza arbórea como alcanzar a un gato huido, cosechar un coco, etc…, o de naturaleza pragmáti-comercial, ora sea en el frecuentísimo caso de arramblar para sí con lo ubicado en la última línea o vasar de las estanterías murales y góndolas del híper, ora para alcanzarlo caritativamente para la señora bajita o el nene caprichosín. E incluso en circunstancias misceláneas, como cazar un globo fugitivo de cumpleaños, o las raciones de víveres que, desde camiones, distribuyen las ONGs en las catástrofes, por citar sólo dos ejemplos.

Lo cierto es que la consciencia de que todo está por las nubes, el saber que sólo se puede alcanzar el equilibrio interior -y en algunos casos la gloria eterna- ayudando a los demás, hace que muchos émulos de los trabajadores sociales, de paisano o con hábito, sí, pero filiformes siempre, vivan para el salto, sea éste a pelo y zapatazo o con pértiga.

En mi locura, quiero creer que es para eso, porque si no es para algo útil, ¿qué sentido tiene pasarse la juventud dando botes?

LA PLUMA

¡Que bien se le ve la pluma! No es que trate de ocultarla, no. La tiene y se le ve. Además se mueve, más bien se menea, mucho: de acá para allá. Y sube. Y baja. Se ha llevado muchos golpes en su corta existencia. Golpes que le han dado, y aún le dan, gentes autosuficientes, triunfadoras, seguras de su fuerza -porque son gentes fuertes- que no reparan en su debilidad.

Pero su flexibilidad y su agilidad le confieren una fuerza de atracción que a los otros magnetiza y por eso corren en su busca. Y los golpes, lejos de una humillación hacen de su existencia un continuo vuelo.

Es el centro en el que convergen todas las miradas.

Y muchas veces escapa a los golpes, lo que causa desazón y desespero en algunos fuertes, aunque en otros supone alegría. Para bien o para mal, todos están pendientes de su pluma, de su meneo, de su airoso desplazamiento y de sus vistosos colores.

Su forma redondita es el complemento, cuando debería ser la esencia, de su personalidad, mientras que la pluma es la esencia, cuando debería ser el complemento, de su mismidad.

Qué capricho del destino ha creado su ser, lo ignoro, porque viniendo de la China oriental y piruli y del siglo V antes de nuestra era, vaya Vd. a saber. Pero ahí está: divirtiendo a unos, entristeciendo a otros, enalteciendo a los menos. Siempre sobre un fondo de color y sobre una red, como corresponde a un buen volante - ése es el nombre de la pelotita emplumada- de bádminton, que recibe con elegancia los golpes de las raquetas. Sin escándalo. Con sus colores, con sus vuelos, con sus botes en la pista cuando falla el jugador. Con su pluma.



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