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ESCATOLOGÍA ECOLÓGICA

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Mi gran amigo y generoso anfitrión en esta bitácora, don Barbonauta, me llamó para invitarme, conociendo mi ser ecológico y mis experiencias infantiles y juveniles, a que reflexionase para vosotros sobre un suceso grave ocurrido hace poco: el tremendo incendio en una isla canaria provocado, según informan los media, por un joven alemán que prendió fuego al papel higiénico usado en aquello para lo que fue fabricado y no para, un poner, limpiar las gafas.

Ahora bien, si como oí en algún telediario, el joven vivía en una cueva la cosa se complica porque cabe preguntarse …

¿estamos ante un anacoreta, ante un bandolero o un gitano del Sacromonte? ¿Será un ecologista dispuesto a integrarse en la naturaleza por lo que se fue a vivir en una cueva de un monte? Ni idea, que el asunto está en secreto de sumario. Elucubro, pues:

cuando lo vi en la tele no tenía el aspecto normal de anacoreta: sucio, de luenga barba, mal vestido con algún trapo o piel, báculo, … Tampoco de bandolero, que no llevaba patillas gordas ni escopeta. Ni tenía aspecto de gitano, rubito él (aunque he conocido algún gitano rubio, no se parecía en nada a ellos). En cuanto a ecologista … no me cuadra que llevase gafas, ropa confeccionada, que usase papel higiénico y mechero o cerillas, productos todos ellos de las nefastas tecnologías**. Y supongo que no llevaría móvil ni tableta, que en la cueva seguro que no tendría corriente, wifi ni cobertura.

Si había usado el papel higiénico en la higiénica tarea de quitarse el marrón, no cumplió con lo ecológico al no dejarlo para alimento natural de las moscas: ¿que sería de la biodiversidad y la especie humana sin ellas?

Y aquí es donde encajan mis vivencias infantiles y juveniles, que sí fueron ecológicas en lo tocante a lo escatológico del asunto: siendo un chavea preadolescente, en las vacaciones estivales acompañaba a mi abuelo al campo y le ayudaba en la recolección de las panochas (panojas) de maíz, sulfatar la viña, escardar, etc… Y no llevaba papel higiénico simplemente porque en aquellas fechas no se usaba y quizá ni existiese aún en España, pues lo que se veía en los retretes de cualquier casa, café, etc… eran trozos de hojas de periódico, papel de estraza

(sí, el que se usaba en las tiendas de comestibles para envolver lo que se compraba, las lentejas, garbanzos, arroz, judías … con sus gorgojos y piedrecitas que había que eliminar antes del guiso),

marrón y similar a los papeles grises de ahora, pero que no se ponían como cartucho sino como una especie de sobre, más o menos así:

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Ya en los años 50 empezó a verse un papel higiénico llamado Elefante, marrón también, supongo que a juego con su huésped previsto.

Un día, estando con mi abuelo en el campo, mis tripas pidieron protagonismo y tuve que ponerme en cuclillas y vaciarlas, tras lo que mi abuelo me dio unas hojas grandes de árbol que eran verdes pero no recuerdo de qué clase de árbol, aunque no eran de las que picaban al restregárselas. Esas hojas grandes se podían doblar y limpiar más, pero el palomino quedaba en los calzoncillos. Había quien se limpiaba con las farfollas (hojas de las panochas).

Higiene ecológica se llama eso.

Esto me ha recordado la canción que nos cantaba a los críos una señora muy simpática, tocando el acordeón y poniendo gangosa la voz, y que nos hacía reír como locos:

agar en alto
pa ver la ierda
pegando saltos.

A mí me usta
agar zurullos
pa ver la ierda
pegar repullos …

En la mili, la experiencia, aunque ecológica también, fue muy distinta. Llevábamos media mañana del mes de julio haciendo instrucción, marcha, asaltos a trincheras, etc… en un cerro pelado y pedregoso donde no había ningún árbol ni matorrales, cuando me asaltaron unos retortijones terribles, de modo que pedí permiso al teniente y procedí con el método:

- buscar un declive o una roca grandota para que el resto de la compañía no me viese en la faena,

- ir mirando al suelo para seleccionar unas tres piedras planas y lisas que,

- una vez encontradas, había que mover con la culata del mosquetón (no había cetmes aún) por si debajo descansaban alacranes; si los había, culatazo que te crió;

- cogidas las piedras se les quitaba el polvo y se ponían al lado;

- acto seguido, poner el mosquetón de modo que no le entrase tierra en el cañón, quitarse el correaje y el mono -no íbamos de camisa y pantalón sino de mono enterizo- pero sin quitarse las botas, de modo que la parte superior del mono la pasábamos por la entrepierna y se sujetaba por delante para que no cayese hacia atrás.

- Y ya, en cuclillas, marrón fuera; se cogía la piedra más grande y se rebañaba lo más posible. Se colocaba con la comida de las moscas hacia arriba y se repetía la operación con las otras dos piedras rebañando todo lo que se pudiera.

Palomino factum est también pero con agravante porque en esa edad ya tenía vello periojete y los restillos marroncetes se podían secar formando unas pelotillas que, si no era en una buena ducha, bidé o baño había que quitarlas “depilando” de un tirón, lo que en zona tan sensible y delicada … Y usar unas tijeras ahí era peligroso, de verdad.

Tras las marchas, instrucciones y demás nos llevaban a las duchas, antes de llevarnos al comedor. En una hora o así teníamos que ducharnos en el mismo sitio todos los que estamos en esta foto (creo recordar que éramos unos 5.000; cuéntalos, si te parece, para estar seguros).

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Junto al campamento pasaba un río que hacía una curva formando un remanso. Le habían hecho una especie de muro y el aspecto era parecido a los pantanos. Allí se bañaban los oficiales y le decíamos la piscina de las estrellas. Pues bien, el desagüe de la piscina estaba formado por muchas tuberías, con agujeritos debajo, que salían de la parte alta del muro, y ésas eran nuestra ducha.

Llegábamos, formábamos los pabellones con los mosquetones,

nos desnudábamos, bajábamos la cuestecilla hacia la ducha, nos metíamos en ella, cruzándonos con los que salían, nos mojábamos un poco, cogíamos la ración de hongos en los pies, subíamos la cuestecilla, nos vestíamos, cogíamos los mosquetones (todo ello en unos seis minutos ) y nos íbamos a la compañía, para soltar las armas y luego bajar al comedor. Creo recordar que cada vez nos metíamos bajo la ducha como mínimo dos o tres compañías, 200 o 300 soldados (no “efectivos” que diría un locutor o periodista desconocedor de la lengua). Obviamente, no podía uno quitarse las pelotillas ni salíamos limpios, al contrario, el polvo que llevábamos de tanto reptar y marchar se convertía en barro con la poca agua que nos caía en un minuto o así.

Bueno, pues ya tenéis un par de ideas de cómo actuar ecológicamente en lo escatológico excremental. Y para que actuéis bien y tengáis éxito en la actuación, me despido animándoos con el grito que se lanza a quienes actúan buscando el triunfo:

¡¡MUCHA MIERDA!!

(pincha, pincha en lo colorao …)

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**) Mira este vídeo a partir del minuto10,30.

EL HOMBRE ESPEJO

Era de otra galaxia y se ubicó en la ciudad para comunicar datos que facilitasen el contacto y la cooperación entre civilizaciones tan dispares.

Daba un paseo por la ciudad y paró en una tienda de alimentos por aclarar una duda. Se dirigió a la dependienta y comenzó diciéndole que

- Soy consumidor antiguo de este manjar de calidad, pero querría que me aclarase una cosa …

ella, mirándole fijamente y con amplia sonrisa le contestó

- Así se explica lo guapo que es usted, porque comer esto produce salud y hermosura.

A él le hizo gracia el comentario, pero no siendo su misión ni su edad las propicias para intentar una relación amorosa, acudió a, de la forma más amable posible, explicarle algo insólito en el planeta Tierra:

- Verá, señora, es que Vd., al mirarme a mí, en realidad se está mirando en un espejo, y la belleza y hermosura que ve son las de usted …

- ¿Có … cómo dice? ¿Quiere halagarme o me toma el pelo? De todas formas es la forma de piropearme más original que me han dicho.

- No, si no piropeo, es la realidad: usted se está viendo en un espejo, porque yo soy un hombre espejo, o speculo hominis que diría un científico terrícola, porque debe saber que soy de un planeta de otra galaxia en el que las personas somos espejos …

La dependienta se sentó boquiabierta. No había nadie más en la tienda, aunque por la acera sí había barullo. Siguió el hombre:

- Así, en el planeta de los reflejos, cada cual ve en los demás sus propias cualidades y defectos, por lo que no juzga ni condena a los demás, mientras que en las ciudades terráqueas, en donde observo todo desde hace varios años, cada cual ve en los demás defectos más que virtudes, sin reflexionar sobre los propios modos de ser y comportarse.

- Pero, pero, … ¿ustedes no discuten, no pelean, no hacen guerras?

- No, lo que hacemos es debatir, o sea, poner sobre la mesa todo lo que pensamos sobre lo que sea, buscamos las cuestiones en las que estamos de acuerdo, que suelen ser la mayoría, analizamos las otras y vemos si contribuirían a mejorar nuestro modo de vida o no, y siempre posponemos lo que no está claro. Tenga en cuenta que no buscamos mandar, sino hacer que la vida de todos sea fácil y grata.

- Pero, ¿y porqué está usted aquí y no en su planeta?

- Porque queremos establecer relaciones y para ello hay que conocer muy bien cómo funcionáis los humanos. Somos varios los que, repartidos por toda la tierra llevamos años obervando y estudiando.

- ¿Y véis posiblidad de lograrlo?

- Muy difícil, muy difícil, aquí todo el mundo quiere llevar razón por narices y trincar todo el dinero, muera quien muera. Es muy difícil.

- ¿Y porqué me lo cuenta a mí?

- Porque su espontaneidad y su gracia me han parecido muy apropiadas para fundar una red humana que colabore en el proyecto de la confluencia de humanidades.

- ¿Y cuándo veré su cara, la de verdad?

- No tardará; será cuando te constituyas en mujer espejo, o speculo mulier, que diría un docto.

Quedaron para cenar, antes de que el hombre se colgara en la pared para dormir.

PARIDAS EPISCOPALES

Dice un obispo que la fecundación in vitro es un aquelarre químico y luego se pone a hablar del amor entre hombres y mujeres. No entro en más bobadas de las que ha dicho sobre la autoridad del macho y la “ternura” de la mujer, pero no deja de ser asombroso que un célibe (salvo que tenga por allí a alguna “sobrina”, como tantos otros, alguno de los cuales he conocido) dé lecciones sobre amor, incluidos sus aspectos erótico-sexuales.

Y que lo haga un tipo que adora a un ser nacido del coito entre un palomo y una esposa infiel a su marido. ¿Llamaría aquelarre a eso, o adulterio, o fantasía postdroga del que la inventara? Porque nos explique el monseñor cómo un espiritu -si es que existen tales bichos- puede producir materia -esperma- e inseminarla en un cuerpo humano.

Y allá más arriba (no en el cielo, sino en la península) otro deja caer que ¡¡España!! está loca porque las gentes votan lo que quieren y no lo que conviene a la iglesia. Pues veamos: si la iglesia es un estado teocrático (= no democrático, por definición) aunque pontificio eso sí, con sede en el Vaticano por acuerdo con Musolini (excelso demócrata, como se sabe), cabe pensar que lo que conviene a la iglesia no es la democracia, sino lo que su auctoritas disponga y que los obispos, -como jefes territoriales del ente, o sea, “gobernadores civiles”, “cónsules”, o similares- ordenen a sus fieles que hagan, mediante homilías, declaraciones, pastorales e imposiciones a las cofradías y demás conciliábulos de sus creyentes. ¿Normal?

Mirémoslo desde otra óptica. Supongamos que los gobiernos de Cuba, China, Arabia Saudí,  … a través de sus embajadores y cónsules en ¡¡España!! montan propagandas y discursos para convencer a las gentes de aquí para que voten lo que convenga a sus intereses de cualquier tipo. ¿Cómo considerarían los españoles católicos, antiislámicos y anticomunistas a quienes votaran lo que conviniese a dichos países? ¿Me equivovo si digo que los llamarían traidores a la patria?

Pues apliquemos el cuento a las órdenes del estado autoritario Vaticano: votar a favor de inmatriculaciones de lugares públicos, impago de impuestos, ingerencia en las vidas íntimas de hombres y mujeres, regalarles 11.000.000.000 de euros anualmente, otorgar a la religión protagonismo en la enseñanza, etc … es, a mi modesto modo de ver, traicionar al resto de los españoles.

Es decir, que lo que tomamos como paridas, un tanto a cachondeo, es muy, pero que muy serio, que el atraso en todos los órdenes de ¡¡España!! proviene en gran medida, como está archidemostrado, de la dictadura dúplex de la corona … y la cruz.

ODA A LA ACEITUNERA ALTIVA


¡Oh Esther, Ishtar, Estrella
de ocho puntas rediviva,
aceitunera altiva
de Linares la bella!

No puedo llamarte Estherita
pues eres superlativa
y no diminutiva
cual Esterilla chiquita.

Te llamo Estheruca
y me quito la peluca.

A un dios perverso alemán,
Folksfagen pronunciado,
gran coscorrón le has dado
impasible tu ademán.

Loas te sean cantadas,
reverencias dispensadas,
trovas dedicadas,
estrofas recitadas …
y copichuelas bien brindadas.

Te llamo Estheruca
mientras zampo la manduca.

Y es que al maldito Folksfagen
tramposo contaminante
le has jodido en un instante
la que era su buena imagen.

¿De dó la fuerza te llega
si no es de las olivas,
de las que nunca te privas,
en la tu vida andariega?

Te sigo llamando Estheruca,
mas ahora aceitunera altiva
porque soplando huesos de oliva
¡eres la más farruca!

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El Vate Orate

“LA PLUMA” DEL BARBONAUTA

¡Que bien se le ve la pluma! No es que trate de ocultarla, no. La tiene y se le ve. Además se mueve, más bien se menea, mucho: de acá para allá. Y sube. Y baja. Se ha llevado muchos golpes en su corta existencia. Golpes que le han dado, y aún le dan, gentes autosuficientes, triunfadoras, seguras de su fuerza -porque son gentes fuertes- que no reparan en su debilidad.

Pero su flexibilidad y su agilidad le confieren una fuerza de atracción que a los otros magnetiza y por eso corren en su busca. Y los golpes, lejos de una humillación hacen de su existencia un continuo vuelo.

Es el centro en el que convergen todas las miradas.

Y muchas veces escapa a los golpes, lo que causa desazón y desespero en algunos fuertes, aunque en otros supone alegría. Para bien o para mal, todos están pendientes de su pluma, de su meneo, de su airoso desplazamiento y de sus vistosos colores.

Su forma redondita es el complemento, cuando debería ser la esencia, de su personalidad, mientras que la pluma es la esencia, cuando debería ser el complemento, de su mismidad.

Qué capricho del destino ha creado su ser, lo ignoro, porque viniendo de la China oriental y piruli y del siglo V antes de nuestra era, vaya Vd. a saber. Pero ahí está: divirtiendo a unos, entristeciendo a otros, enalteciendo a los menos. Siempre sobre un fondo de color y sobre una red, como corresponde a un buen volante - ése es el nombre de la pelotita emplumada- de bádminton, que recibe con elegancia los golpes de las raquetas. Sin escándalo. Con sus colores, con sus vuelos, con sus botes en la pista cuando falla el jugador. Con su pluma.

ooooooOOOoooooo

Hace siete años publiqué aquí una entrada titulada “Serie olímpica” (puede que retome el asunto, pero no lo aseguro) en la que figuraba el titulado “La pluma”, que ahora he copiado por si alguien no lo leyó en su día, habida cuenta las portadas de la prensa de estos días y porque mi nieto quinceañero también juega al bádminton, aunque en  otro club choquero. ¡Ea!

LA CAJA DE JUAN RAMÓN – y 5

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Y la astenia primaveral. Digo que, al estado de ansiedad que os conté el otro día, parece haberse sumado la típica astenia de estas fechas, porque ando -que ya es mucho decir- sin fuerzas y dándole vueltas al coco sobre mi estado de flaqueza y la dichosa caja de Juan Ramón. No quiero perder tiempo en buscar la posibilidad de salir de esto, de modo que lo he consultado con una médica de la familia que me ha remitido a un laboratorio privado de análisis, situado por la misma zona que el súper de mis obsesiones.

Y allá que fui con el vasito lleno de orina y el volante correspondiente para la sangre. Sentado en la sala de espera abstraído en mis cavilaciones de pronto se me aparece, él, el mismísimo Juan Ramón con la bata blanca, su incipiente calva y una sonrisa:

- ¿El señor Barbonauta?

No respondo porque me he quedado como la esposa de Lot al huir de Sodoma y mirar hacia atrás. Vuelve a sonreír y me hace un gesto, como de darme paso hacia la sala de extracciones, y una vez allí:

- ¿Le pasa algo?
- ¿Es usté … Juan Ramón?
- Soy Juan, a secas, pero to’l mundo me dice Juanito.
- Pero, pero … ¿el que va y viene con una caja al súper de ahí al lao?
- Síii … ¿pero porqué pone esa cara?

Le cuento mis impresiones y se parte de risa, me dice que el poeta murió hace mucho, le explico lo de mi evolución inversa y lo admite dado mi simiesco rostro. Reflexionamos juntos sobre eso de viajar en el tiempo y, mientras me saca la sangre -mira que si resulta ser un vampiro y no el poeta-, me explica el asunto:

- verás: me gusta tomar una copilla con los amigos al mediodía, de modo que aprovecho los minutos que salgo a tirar cosas al contenedor para hacer la compra, y luego, al cerrar el laboratorio, la recojo y, al llegar a casa como una hora después, le digo a mi mujer que vengo de la compra y no de soplarme unos mostos o unas birras, je, je …

Ahora soy yo el que ha cambiado de ser, porque, tras oírlo, soy Julia Roberts, sí, la actriz que en la peli  “Todos dicen I Love You” se enamora de Woody Allen y lo deja tras comprobar que todo fue por una obsesión de ella que, una vez realizada tras la comedura de coco a que don Woody la sometió, resultó no ser para tanto. Mirad la escena a partir de una hora y 18 minutos.

Porque eso es lo que me ha pasado a mí mutatis mutandis: durante algo más de un año he leído, visto y oído en los media, en internet y hasta en el cuarto trastero que era el año Platero, que si Juan Ramón esto, que si Juan Ramón lo otro. Y así, cuando vi al tipo que se le parece, pues “decidí” que era él; claro que, … hay una atenuante: mi evolución darwiniana inversa, que ya conocéis.

Ahora me he librado y, además, contento de haber recordado a la Platera de mi abuelo Joseíco, sobre la que tanto cabalgué con más naturalidad que el poeta, porque yo,  a la Platera la ví levantar el rabo y soltar cagajones, cosa que, al parecer, Platero no hacía, o al menos no se cuenta (que yo sepa), quizá por ser un ente lírico, aunque comía hierbas, rebuznaba, trotaba por los campos, etc., etc…

Decididamente, ahora soy El Gran Simio y la ansiedad ha sucumbido.

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Imágenes de la wiki

LA CAJA DE JUAN RAMÓN – 4

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Hubo un tiempo en que en esta ciudad había un cuartel de infantería, y los  guripas solían frecuentar tascas baratas para tomar sus vinos, cervezas y tapas a buen precio. Una de ésas se llama “La Cantinilla”, por pequeña, pero con espacio en la acera  en la que los asiduos empinaban el codo, tomaban sus tapas y fumaban de pie o sentados en muretes, o bien echados sobre los coches o sentados en las motos.

Y a la cantinilla me dirigí para relajarme un poco y darle vueltas al asunto de Juan Ramón y su misteriosa caja. Lo primero que vi al entrar fue una ración de habas enzapatás, que tenían fama en la ciudad por el punto y el sabor que conseguía el tabernero; pero me asombró más ver en un extremo de la barra a Juan Ramón y, junto a su vaso, dos bolsas, no una, del súper iguales en volumen por lo que deduje que podrían contener similar compra. ¿De quién sería la otra bolsa? Él no hablaba con nadie, sino que miraba su vaso de mosto concentrado, supuse, en sus poéticas ideas, quizá pensando si le faltaba algo que incluir en sus aventuras con el burrito gris. Poco después salió del servicio un individuo que se acercó a Juan Ramón y, al parecer, reanudaron una conversación muy animada.

Y las dos bolsas idénticas, juntitas en un lugar abarrotado, me recordaron esas escenas de películas, tantas veces vistas, de maletines o maletas iguales en una estación o aeropuerto, que son recogidas por alguien que  no es quien las llevó allí, intercambiándose de ese modo informaciones u objetos peligrosos.

Pedí un  mosto, de Moguer por supuesto, y unas habas enzapatás, pagando en el acto para poder seguir a Juan Ramón cuando saliese. ¿O debería seguir a quien cogiese la otra bolsa? ¡Qué dilemas, caray!

¿Que juego se traería entre manos? Cuando, tras hacer la compra en el súper y guardarla en la taquilla, salió con la caja de cartón que antes dejara a la entrada, ¿la caja seguiría vacía o alguien habría depositado algo en ella sin que yo lo viese? Fuese lo que fuese ¿estaría compartiendo  todo esto con el asno? Tendré que releerlo porque hace ya muchos años que lo leí y, como no me entusiasmó, no lo recuerdo apenas.

A la que no vi allí fue a la señora de la risita, que yo, elucubrando, bautizaba como su novia. Y con el jaleo que había no pude enterarme de lo que hablaban Juan Ramón y el, presumiblemente, dueño de la otra bolsa del súper.

Pagaron la consumición y, pausadamente, salieron a la acera cada cual con una bolsa, se despidieron y, mientras que su amigo entraba en el portal de al lado, Juan Ramón subió a una moto y se largó, dejándome otra vez plantado. Confieso que este asunto, para mí intrigante, me está sumiendo en un estado de ansiedad, pero he de llegar al final y prometo contarlo aquí.

LA CAJA DE JUAN RAMÓN - 3

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Pues me quedé perplejo por la causa que me había impedido seguirle. Pamplinas de este jaez son capaces de cambiar el rumbo de la historia, estoy convencido. Decidí reflexionar con calma y ver cómo podía reanudar la investigación, de modo que me fui a la terraza de la cafetería de enfrente, pedí un descafeinado de sobre en taza mediana y sin espuma -no tenía que afeitarme ni me gusta “beber” aire- y comprobé que llevaba en mi bolso los gemelos de teatro porque, sentado allí, si ocurría algo en la zona de las cajas y taquillas del súper podía verlo, especialmente cuando la puerta corredera de cristal se abre de modo automático.

En ésas estaba cuando una señora, desconocida para mí, anónima, sin nombre diría yo, pasó por delante, me miró y echó una risita: ¡je, je!

¿De que se habría reído? Me visto con absoluta normalidad, y mi aspecto, al menos hasta ahora, sólo puede ser risible cuando me despierto, entro en el cuarto de baño y veo en el espejo toda mi pelambre, incluida la facial, despeinada porque, aclaro para quienes no me conocen, soy producto de la evolución descrita por Darwin el día que hacía el pino, es decir que al principio yo tenía el aspecto corriente de todo homo sapiens (al menos hasta que la ley Wert entró en vigor), como puede verse aquí

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pero cuando fui evolucionando, veinte años después, ya pasé por este estado cabelludo prototípico

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hasta llegar al estado de venerabilidad de lo que para los demás fue el principio y para mí ha sido la meta.

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Ahora se me ocurre que, quizá, la señora anónima se riese de alegría al ver a alguien tan mono.

Pero, … ¿y si hubiese alguna razón oculta que se me escapa? ¿Tendría algo que ver con el misterio de la caja? ¿El hecho de que yo fuese protagonista de la evolución inversa explicaría que hubiese coincidido en el tiempo con el Juan Ramón joven? Mas ello me suscita un par de dudas: ¿cómo explicar que hubiese ocurrido en el contexto y local de un súper, negocios que no existían hace un siglo, o sea en los años mozos del poeta? Pero, además, ¿hace un siglo un poeta burguesito iba a la compra de manducas, jabones y similares? Claro, que no hay que olvidar que su novia practicaba el feminismo gringolandés y podría estar educándolo …

Como un relámpago me vino la idea de que la señora de la risita podría ser su novia, inteligente, que estuviese tramando algo… o que Juan Ramón y su novia fuesen cómplices (recordemos que se largaron cuando empezó la guerra civil).

Tan sesudas reflexiones se interrumpieron cuando, pasadas las 13, 30 hs., le vi aparecer por la esquina de la derecha. Venía sin la bata blanca, a buen paso y derecho al súper, cuya escalinata superó casi de un salto. Saqué los gemelos, apunté a la puerta y le vi dirigirse a las taquillas. Un minuto después salía con la bolsa de la compra en la mano.

¡Torpe de mí! No había pagado la consumición y tampoco pude seguirle.

Pero, al menos, ya tenía una idea de su esquema horario. Vendría a esta cafetería, pagaría al servirme el descafeinata y, rascándome los sobacos para disimular, le seguiría. ¡Palabra de evolucionado!.

SOLO ANTE EL PELIGRO

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Un individuo al que profeso el máximo afecto me ha enviado una carta electrónica que me ha producido una colección de dudas que le he trasladado:

“A ver, ínclito: me pasas la imagen en la que un ser humano -infiero que lo es por su aspecto- armado de herramientas, una punzante y cóncava la otra, de calidad sin duda, como si de colección artística proviniesen, tiene ante sí un plato vacío y una sartén con “arroz al fumet de costillejas y alcachofas” adornado con tiras de rojo pimiento, e intitulas la imagen con el nombre “Solo ante el peligro”, lo que, una vez descartado el ambiente gringolandés de las pistolas y caballos que hicieron famosa dicha expresión también musicada, me plantea unas dudas que te lanzo para que me saques de ellas:

¿Cuál es el peligro?
¿Para quién?

Podría considerarse que es para el humano, mas ¿puede una sartén de arroz, motu proprio, levitar y “acabezar” violentamente so la testa del individuo?

¿Pueden unos granos de arroz guisaditos lesionar a una persona o persono? ¿Quizá asfixiarlo si lo engollipan de consuno? Claro, que siempre queda la posibilidad de que el armado caballero sea alérgico al arroz (por cierto: ¿basmati, bomba, integral? …).

O mal (no puedo escribir “o bien” cuando hablo de peligro, compréndeme), el peligro se podría pensar que es para el arroz. Mas veamos:

parece que existe consenso sobre que el destino del arroz, especialmente si está guisado y al dente, es servir de alimento y placer para los humanoides, en cuyo caso no sé si sería muy atinado llamar peligro al cumplimiento del destino. Y, por otra parte, ¿se comería sólo un grano el presunto comensal? Porque si se va nutrir con un platazo, lo correcto habría sido titular el “asunto” de la carta electrónica como “soloS ante el peligro”, pero … ¿soloS unos 200 gramos de arroz, lo que significa que hay varios cientos de ellos?

Aquí me tienes sumido en, y sumando, las dudas que tu carta electrónica me ha provocado. ¿Tendrías a bien despejármelas, aunque fuese de un codazo, como hacía Ricardo Zamora?”

LA CAJA DE JUAN RAMÓN -2

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No me puse gabardina de cuello subido, ni gorra con la visera hacia atrás. Tampoco un traje y corbata verde. No, no hacía falta disfrazarse de detective para investigar el misterio de la caja vacía que el joven Juan Ramón llevó al súper el día que le vi vaciarla en el contenedor de basura orgánica.

Tampoco me disfracé con una bata blanca como la que él llevaba aquel día. Consideraba que era innecesario el camuflaje.

Subí la escalinata hacia el atrio del súper dispuesto a escudriñar, a sonsacar, a descubrir intenciones, y, cuando accedí, en el suelo, a la derecha y junto a la sección de la panadería, había una caja como la que Juan Ramón llevó el día que le vi. ¿Sería la misma? Pero  no, que al hacerse la limpieza, la habrían recogido o tirado, de modo que, seguro, esa caja estaría ahí desde poco antes. ¿Y qué pintaba allí si, precisamente, en la panadería yo veía siempre a la panadera llevar cajas de pan crudo que vaciaba para hornearlo, plegándolas después para tirarlas al contenedor de cartones?

En esa tarea estaba la joven cuando, disimulando como si estuviera trasteando en el móvil, pude ver que se llevaba varias cajas plegadas, pero no recogía la del suelo que, muy probablemente dejó allí el poeta. Me acerqué y vi que seguía vacía y que no había monedas, por lo que deduje que no pedía limosna para salvar al Recre.

Di una vuelta por todo el súper, mirando los carteles de las ofertas, pero sin leerlos porque lo que buscaba era al poeta “cajero” (por cierto, ¿hacen caja los poetas? ¿hacen versos las cajeras cuando pasan los códigos de barras ante el cacharro lector? En esos casos, ¿un cajero poeta le hablaría a los clientes a base de jotas, algo así como poniéndoselas al tique para que fuese de calidad -”tome usted su tique de cinco jotas”- justificando de este modo un recargo?).

Pero las únicas batas blancas que vi fueron la de la pescadera y el carnicero, porque la chacinera y la panadera, aunque iban de blanco no llevaban bata sino pantalones y blusa. Y, cuando algo decepcionado pero firme en mi decisión de seguir investigando, me dirigía hacia la “salida sin compra”, vi a Juan Ramón dirigirse, desde una de las cajas, con una bolsa llena, hacia las taquillas y guardarla allí.

Luego recogió la caja del suelo y se marchó. No pude seguirlo porque unas voluminosas señoras se me plantaron en la puerta, con viva cháchara en sus bocas. Cuando salí, ya no estaba e ignoro por qué esquina habría doblado.