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CicloLitoral 2009: Etapa 17 (de playa Marosa al cabo de Estaca de Bares)

foto-35-2009-etapa-17Dura etapa de 70 kilómetros que nos llevó al más septentrional de los cabos de la Península Ibérica. En esta penúltima etapa de la ruta, padecimos ya la dura orografía de la costa gallega. Por fortuna, la cercanía del final nos animaba a superar el cansancio y dolor acumulados. Y los bellísimos parajes recorridos gratificaban con creces cada pedalada. A destacar la Punta Roncadoira, la enorme belleza y bajísima ocupación de las playas de la Ría de Viveiro, el merecido descanso en la playa de Arealonga, el tranquilo encanto del puerto de Bares y, cómo no, la impresionante Estaca que lleva su mismo nombre.

Tras descansar profundamente en la hermosa playa de Marosa, emprendimos el viaje rumbo a San Ciprián, donde disfrutamos de un copioso desayuno en uno de los pocos bares que encontramos abiertos en dicha localidad (a pesar de que ya eran más de las diez de la mañana: se notaba el final del verano…).

A continuación, decidimos esquivar el tramo de costa ocupado por industrias pesadas y ambientalmente bastante degradado que hay al Noroeste de esta villa, para encaminarnos, más o menos directamente, hacia nuestro segundo gran destino del día: Punta Roncadoira. Un lugar impresionante, con unas vistas realmente hermosas que abarcan, prácticamente, toda la Ría de Viveiro. A recordar el huracanado viento que soplaba ese día, tan fuerte que casi te tiraba de espaldas al asomarte por un lado cualquiera del faro allí situado.

Dado que el número, longitud y desnivel de las cuestas que tuvimos que subir para llegar a este lugar fueron realmente considerables, no nos quedó más remedio que descansar allí un buen rato para recuperar fuerzas, mientras dábamos buena cuenta de diversas viandas y media botella de ribeiro que se había salvado del ataque vespertino de playa Marosa.

Una hora después, iniciamos la bajada, subida, bajada, subida, bajada, subida,… que nos llevaría hasta la playa de Arealonga, en la que disfrutamos de un par de horas de costero relax, en una inmensa y preciosa lengua de arena, cuyas vistas se nos antojó casi imposible poder mejorar. Antes, dejamos atrás un buen número de playas y varias localidades en las que, como ya se ha indicado, nos llamó poderosamente la atención la belleza de las primeras y la poquísima gente que había en unas y otras.

Por desgracia, aún nos quedaban muchos kilómetros por delante, así que a eso de las seis de la tarde, con gran pesar y la promesa de volver algún día, abandonamos Arealonga y continuamos con nuestro sube, baja, sube, baja, sube, baja,… hasta que llegamos a Porto do Barqueiro, donde el Coleta, que ya conocía Porto de Bares, se quedó comiendo algo y reponiendo energías, mientras el barbudo andaluz se acercaba hasta esta última localidad, cuyo espigón, por lo visto, fue construido por los fenicios. Unas aceitunas, algunos frutos secos y un par de botellines de cerveza fueron suficientes para recuperar fuerzas, mientras me deleitaba con el paisaje y me preguntaba qué sentirían los lugareños que tenían la fortuna de vivir en un sitio tan hermoso y en el que ninguna ventana tenía rejas…

Finalmente, cuando faltaba una hora para que se pusiera el sol, emprendí las últimas subidas de la jornada, que me llevarían hasta el extremo Norte de la Península Ibérica: el cabo de Estaca de Bares. Poco después, llegó el Coleta y, ya juntos, nos acercamos a observar el embravecido mar que rugía debajo de las últimas rocas del lugar. Cayó la noche, desplegamos las tiendas y, bajo un iluminado firmamento, dejamos que nuestros fatigados músculos descansaran, mientras la imaginación se desbocaba en tan mágico lugar.

Ya sólo nos faltaba un día para llegar a Cabo Ortegal…

Besos y abrazos,

Manuel


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