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Esto que me llevé

Me gusta ser maleducado si con ello me llevo parte de las conversaciones vecinas. Como no es el oído mi fuerte me siento excusado, me invento que en cierta medida también querían que yo lo escuchara, y que sirviera de correa de transmisión de todo tipo de pensamientos.

“Deberían enseñarles a comer en el colegio”… y como la familia disfrutaba de una comida familiar en familia pensé que querían significar que ése no era el marco idóneo para perder tiempo en educaciones tan fútiles como la referida a las actitudes y habilidades en el comer.

Me quedé inquieto con la verdad que ahora también reposaba sobre mis hombros… y también feliz porque ahora sabía que ser curioso me iba a permitir escribiros esto. Lo comparto para sentiros cómplices de mi indiscreción. No preocuparos, esto última es una fantasía mía.

En otro sentido

Ella estaba en su supermercado de siempre y esta vez también él apareció en el supermercado de siempre, el de ella, claro. Ella se sorprendió, confusa y un poco divertida: “¿cómo sabes que yo vengo aquí?” (cómo me has localizado en mi refugio de intimidad, de lujuria y pecado en el que me solazo frente a tetrabricks impronunciables, papeles higiénicos ineludibles, patatas y otros caprichos).

Él se giró, dio un giro teatral mirando al tendido, gustándose en la meditada respuesta, buscando la complicidad de los presentes, saboreando con deliciosa lentitud el… “por el olor”, espetó con sorna. Ya la descubrió en su quehacer diario, de “aficiones” de rutina, de trabajos incrustados cuasi genéticamente en sus huesos.

Ella compraba el sustento diario de estómagos exigentes y poco agradecidos mientras él salió de caza y, por el olfato, la localizó, por fin.

Y se volvieron a casa compartiendo dirección y casi nada más. No se hablaban, no se miraban. Se fueron a su casa de él y, en otro sentido, de ella.

NOS PASÓ QUE TODO TIENE SU PRECIO

Y a quienes no lo ponen habrá que agradecerles algo, digo yo, si en éstas lo que tiene su valor, eso sin duda, no se cobra.

Entras en tasca de las de siempre y, aunque te sorprenda la escasez de parroquianos, entras en tasca de las de siempre. De las que debieran estar declaradas de utilidad pública.

Con una naturalidad de costumbre te decides a dar de comer a tu hija, hambrienta ella por demás. Cuchara olvidada, comida fría: subsanas estos inconvenientes sin grandes muestras de alegría por parte de la que te atiende, la hostelera en cuestión.

En éstas que, con ganas de comer, sólo te ofrece el lugar algo tan poco suculento, si esperas delicias del lugar, como avellanas y patatas fritas. En todo caso decides no consumir más que las bebidas.

Te cobran… “mira, es que yo he pedido esto y lo otro”, te disculpas casi. Y sí, la cuenta es correcta, pero es que no te has parado a pensar en que el gasto energético del microondas, objeto inanimado e infrecuente por estos lares, es real. ¡Que vaya olvido!

Tal vez por lo inusual del sucedido sacudes tu cabeza mientras las pocas cabezas del lugar se sacuden igualmente. Que me acaban de cobrar por calentar el alimento de una tierna criaturita es ya de una certeza incuestionable. Que me indigno, que nos indignamos… maldita imprevisibilidad de nuestra naturaleza humana.

Mantener una cierta compostura es el fruto de muchas decepciones en la vida, de un bagaje experiencial en sinsabores, en absurdos inesperados, en demagogias inclementes. Mas he ahí que se alcanza ese parámetro de madurez que a ti mismo te sorprende y sólo emprendes acciones legales sin acritud excesiva. Bien es cierto que el ejercicio de los propios derechos es lenitivo para la bilis que sobrepase límites razonables.

A lo que voy: que reclamar con presupuesta razón sienta la mar de bien. Y ahí quedó manifestada la ausencia de lista de precios en la que se estipulara la tarifa de la amortización del nombrado electrodoméstico y del consumo energético que nuestra osada petición de calentamiento provocó. No obstante conscientes de que el uso de la cuchara había sido obviado generosamente por la jefa del local y que la amenaza de cobrarnos el servicio en mesa (por otra parte efectuado por el que les dirige estas letras) también quedó relegada a un segundo plano tras el enervamiento que en su carácter se produjo.

Por todo ello regreso al inicio, en recorrido de bumerán, y agradezco al gremio de hostelería que nunca me hayan hecho insinuación alguna acerca del valor dinerario de ciertos favores que habitualmente les son solicitados por un humilde servidor: léase “un vasito de agua” “me calienta la comida de la niña” “¿un palillo no tendrá?”,… todo ello aderezado por un “por favor” y un “gracias” que siempre dan pie a la colaboración.

“Aire condicionado”

Nuevamente miro al cielo, nuevamente venteo el aire, nuevamente me rasca la garganta. Nuevamente llamo por teléfono, nuevamente no pasa nada. Nuevamente reculo intranquilo.

Porque si hay que correr, huir, volar… porque si hay que dar la razón al catastrofismo y sumergirse en un refugio… porque si hay que luchar con rabia, con convencimiento… porque si lo porqués aparecen amenazantes.

Pero nuevamente no pasa nada. Vivo en un octavo con vistas al aire condicionado. El aire contaminado que ataca a todo ser viviente sin condición.

Otra persona más se suma a la lista de damnificad@s. Otra respiración que renquea, otro cuerpo al que no le llega en condiciones el aire. Porque el aire de Huelva está condicionado.

Condicionado a que prioridades mezquinas manipulen la opinión pública para que la salud sea un derecho de segunda clase. Condicionado a que la valentía aparezca en los políticos, la coherencia en los que levantamos de vez en cuando la voz, la sensatez en la masa. Condicionando que la salud sea un deseo, tan sólo un deseo.

Y si os llamo otra vez por teléfono casi voy a preferir, en mi manía autodestructiva de querer llamar a las cosas por su nombre, voy a preferir que me digáis que sí, que pasa algo. Que el aire está condicionado y que hoy la condición que se ha impuesto para que podamos respirar bien no me la vais a decir, pero que existe (en lejanos centros de decisión, en largas mesas de caoba).

(Un día, tras recordar mis múltiples telefonazos al Centro de Coordinación de Emergencias de Huelva)

Mi perrito me hace caquita en la calle

Ojalá fuera el titular de una inquietud. De un pesar al que se le intenta dar respuesta en la sección “Consultorio sentimental para su animal de compañía” de alguna encumbrada revista del corazón canino. Y reconozco que no se trata de uno de los grandes problemas que aqueja a la sociedad actual.
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Punta Umbría ¿Turismo de calidad?

Qué significa turismo de calidad. Desde luego que lo que no puede ser es un mero panfleto publicitario o una proclama de político charlatán.

Debe existir una correlación entre lo que dices que ofreces y lo que realmente el turista se encuentra. En calidad y en cantidad.

Servicios como los de recogida de residuos, limpieza de vías públicas, mantenimiento de un ámbito de convivencia pacífico, tranquilo, adecuado al relax buscado por el turista, un diseño urbanístico humanizado que permita coexistir al cemento con el parque, al viandante con el vehículo motorizado, a la bicicleta con la motocicleta… Y un servicio sanitario de calidad, una oferta cultural que tenga en cuenta a todo tipo de público,… todo todo y más se tendría que dar.

Y qué tenemos en Punta Umbría. Por lo menos qué tenemos en la Punta añeja, la del veraneante o el visitante de toda la vida, porque después algo diré de las nuevas zonas.
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